Pasé unos años formidables en la universidad. Empezaba a aprender a pensar, tarea en la que sigo y espero seguir toda la vida, y tuve debates memorables con mis amigos sobre muchas cuestiones. Pero hubo dos conversaciones que me dejaron un recuerdo muy amargo, aunque he preferido conservarlo, porque de todo se aprende.

En una ocasión, estábamos comiendo en un bar que tiene fama de servir las mejores patatas bravas de Barcelona, cuando alguien sacó un tema de política muy controvertido. Uno de los presentes comenzó a proferir contundentes afirmaciones, con un tono muy apasionado. Como me encanta debatir, no dejé pasar la oportunidad de dar mi opinión. En esa época yo también solía decir las cosas con rotundidad, como si cualquier otra manera de ver las cosas fuera una estupidez. Pero esta vez creo que hablé con ponderación tanto en el tono como en el contenido de lo que dije. O, más bien, de lo que tuve tiempo de decir antes de que mi amigo me cortara: Esto lo dices para contradecirme, me espetó, porque en verdad tú eres del mismo bando que yo, solo que más radical.

Otro día, me encontré con otro amigo en el bar de la universidad. Este me presentó a otro, con el que no había hablado nunca, diciéndole que yo pertenecía a un partido concreto. Al parecer, mi nuevo conocido pertenecía a otro partido, que se oponía al supuestamente mío en un asunto más circunstancial, pero también más controvertido que el de la otra anécdota. Enseguida me preguntó qué pensaba sobre eso –creo que mi amigo me había presentado precisamente para que se lo explicara– y yo, que no tenía ni idea sobre el tema, fui tan imprudente de aventurarme a darle la primera respuesta que se me ocurrió. A las pocas palabras me cortó en seco, con un ataque directo contra mi madre. Suerte que me dejó demasiado atónito para plantarle un puñetazo en la cara…

A veces parece que en España sentimos la necesidad de apuntarnos a un bando o a otro, pensando aún en los que vencieron o fueron vencidos en la Guerra Civil. Identificamos a los partidos o a las personas con los fascistas o con los rojos, aunque hace más de setenta años que terminó la guerra, y la democracia ya se va acercando a los cuarenta. No tiene sentido pensar así, pero algunos –pocos ya serían demasiados, pero son muchos– parecen todavía incapaces de superar esos esquemas mentales. Por eso creo que nos viene muy bien que se estrene una película como Encontrarás dragones. En ella, Roland Joffé nos propone una forma distinta de afrontar la vida, precisamente con una historia ambientada en la Guerra Civil que todavía nos sigue dividiendo.

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