Tengo que reconocer que, al ver la polémica que se suscitó por las quejas de nuestra selección sobre el campo donde se debía jugar el partido contra Lituania, al principio pensé que se trataba de una chiquillada de ricachones consentidos, que a nuestros jugadores se les habían subido los humos. Me sorprendía; porque eso no encajaba con el concepto que tengo de la mayoría de estos futbolistas. Pero es que no había visto el campo. Cuando vi el partido, entonces lo entendí todo. Me alegró poder reconocer que tenían toda la razón.

Es impresentable que un partido oficial de clasificación para la Eurocopa tenga que jugarse en un terreno de juego en tan lamentables condiciones: no es que el césped estuviera mal; es que no había: el campo era de tierra (al menos eso parecía en mi pantalla, donde no se veía muy bien). Lituania no es un país rico: de acuerdo; pero tampoco es tercermundista. El invierno ha sido muy frío: de acuerdo; pero no me creo que no haya allí ningún campo en buenas condiciones. Aquello no era ni siquiera un estadio. Hasta se veían coches aparcados a pocos metros de la banda.

Supongamos que el hecho de que España sea la campeona del mundo no signifique que merezca un trato más distinguido (cosa que considero discutible). Aun así, hacer jugar a futbolistas profesionales en un campo como ése supone ponerles en peligro de lesionarse. Yo mismo, que solo he jugado como aficionado y, desde hace años, solamente entre amigos, estoy acostumbrado a pisar terrenos de juego mejores que el que vi por la televisión.

¿Qué pretendían los Lituanos? ¿Que el partido se jugara en las peores condiciones para que España lo tuviera más difícil? Eso sería lamentable, aunque de todo se ha visto. Pero significaría que tienen poca visión comercial. Han ofrecido al mundo una imagen lamentable de su país.

Creo que en verdad son los propios lituanos, los más perjudicados. Para los españoles, que al fin y al cabo ganamos el partido, todo quedará en una anécdota. Los lituanos, en cambio, no solo perdieron, sino que además quedaron en ridículo, como un país poco serio, donde un acontecimiento que, en el resto de Europa, habría sido de interés nacional –quizás secundario, pero no inexistente–, recibe un desprecio descarado.

Porque el fútbol es un espectáculo. Y esto es lo que pasa cuando se olvida a los espectadores y se piensa sólo en el resultado. Ya fue escandaloso lo que hizo Holanda en la final del Mundial. La filosofía es la misma, pero nunca se me había ocurrido pensar que pudiera llevarse hasta estos extremos. Esperemos que no vuelva a ocurrir nada parecido.

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