ARTHAGÊL

Antes de que se unieran las tierras de Kemenluin y Lindbillen, no había ningún reino que se llamara Berlindon. Esos dos reinos eran los únicos restos que quedaban del Reino de Ivië. Y Arthagêl no era rey, sino solamente el príncipe de Kemenluin. Así apareció en mi imaginación, cabalgando sin rumbo a través de los bosques de su reino, cuando escribí el primer relato que hablaba de las Órdenes de los Caballeros de Ivië.

Aquel texto se perdió, y aunque he intentado recuperarlo, incluso volviendo a escribirlo, todavía no lo he conseguido. Pero sobrevivieron sus personajes: el propio Arthagêl, su amigo Aradan y Arfanhuil, el sabio de los sabios. Y sobrevivió también la Rosa de Berlindon, un objeto maravilloso que resultaría de vital importancia en la batalla de Kemenluin, que se narra en Bergil, el caballero perdido de Berlindon, que es el único libro que hasta ahora ha llegado a las librerías.

Allí Arfanhuil aparecía en su madurez. Un rey sabio, fuerte, justo y, sobre todo, misericordioso. Esta última cualidad no quita nada a la justicia con que debe conducirse todo gobernante. Más bien la refuerza. Le impulsa a intentar perdonar todo lo que sea perdonable. A castigar lo menos posible, o del modo más justo posible. Por eso, siempre que juzga a alguien, no trata de catalogar su conducta para aplicar después la decisión correspondiente. Esto es lo que hacen los jueces en nuestro tiempo y tantas veces sus decisiones causan daños que no son justos. No es que yo quiera criticar a los jueces; es probable que no tengan más remedio que hacerlo así, y son muchos los factores que influyen en el modo de funcionar de la administración de la justicia. Pero en la literatura, y más en el género de fantasía y aventuras, todo es posible. En este terreno también se pueden encontrar otras formas de impartir justicia, sobre todo si se concibe la justicia como la solución adecuada a cada problema concreto. Algo que no puede conseguirse con las leyes generales, que es como funciona nuestro mundo.

Así pues, Arthagêl era más justo por ser misericordioso. Y su justicia habría sido menor si no hubiera tenido esta otra cualidad. Así es como pudo perdonar un crimen que una ley de nuestro mundo habría castigado sin remedio. Así es como salvó a uno de los generales más relevantes de su reino, con una decisión delicada con la que Berlindon se ahorró desastres terribles.

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