En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira; / todo es según el color / del cristal con que se mira.

 Estos versos de Campoamor ilustran muy bien uno de los dogmas de la mentalidad contemporánea. Con frecuencia, cuando alguien afirma algo con convencimiento firme, seguro de lo que dice, suele levantar suspicacias –sobre todo entre los que no están de acuerdo–, y esa afirmación rotunda es considerada como dogmática y fanática; entonces, el que disiente se queda tranquilo pensando y diciendo que esa es sólo la visión del que habla, pero no hace falta que los demás estén de acuerdo. Muchas veces, esta actitud se adopta sin pararse a pensar en…en definitiva, sin pararse a pensar. En el fondo sabemos que lo que se nos ha dicho tiene lógica, no es una idiotez, y además, a veces, quien lo dice ha estudiado profundamente la materia. Pero nos da miedo aceptar que estábamos equivocados, que el otro sabe más, y que podemos aprender de lo que dice.

Recuerdo el revuelo que se armó cuando Aquilino Polaino compareció ante el Senado como experto psiquiatra, para hablar sobre la homosexualidad. Él es catedrático de psiquiatría, y además tiene una consulta psiquiátrica, a la que acuden muchos homosexuales…Basándose exclusivamente en su experiencia profesional y en sus investigaciones científicas, el catedrático afirmó claramente que había llegado a la conclusión de que la homosexualidad es una patología psicológica.

No es mi intención entrar a discutir sobre esa materia. Lo que me interesa es examinar la reacción de los senadores que le escuchaban. El experto se quedó absolutamente solo. Incluso los del partido que había propuesto su intervención rechazaron sus declaraciones. Pero ¿qué argumentos dieron en contra? Yo me leí en su día las actas de aquella sesión del Senado, y no encontré ninguna respuesta que diera razones basadas en la ciencia. Le acusaron de fanatismo, le dijeron que se basaba en sus convicciones religiosas –lo que era simplemente falso–, que esa era su visión –lo que era obvio: ¿qué otra visión podía dar, si no la suya? ¿acaso no le habían llamado precisamente para eso?–, pero que los demás no la compartían…Nadie dio una respuesta inteligente. Era el miedo; el miedo a pensar y descubrir que se puede aprender de los demás. Porque no pocas veces el aprendizaje es duro; un cambio en el modo de pensar puede llevar a un cambio en el modo de vivir. Y esos cambios cuestan.

Ese rechazo del aprendizaje es una actitud muy frecuente, que nos deja tranquilos por un tiempo. Pero luego la realidad es testaruda, y cuando se rebela nos damos de bruces con ella. Y el choque puede ser doloroso, como comprobé el otro día de forma contundente –en el sentido más literal de la palabra–. Aquella mañana me levanté más temprano de lo habitual, y más soñoliento. Aun así, conozco muy bien los pasillos de mi casa y consideré que no necesitaba encender las luces para recorrerlos, lo que habría supuesto el riesgo de causar molestias a algún otro que durmiera con la puerta abierta. El caso es que eché a andar con paso seguro, en medio de una oscuridad impenetrable, y de pronto me di de bruces con la realidad. Quiero decir que me aplasté la nariz contra una pared que estaba más hacia la izquierda de lo que yo había creído, y el dolor en el tabique nasal me duró toda la mañana.

Eso me recordó que uno no puede ir por la vida pensando que basta con lo que él piensa. Es preciso reconocer que la mayoría de las veces cabe la posibilidad de que estemos equivocados. El sentido común nos lleva a tener en cuenta que las cosas son como son independiente mente de cómo nosotros las veamos. Algunos se engañaron pensando que el relativismo era la filosofía de la libertad. Cada uno era libre de confeccionar sus propias ideas, su propia verdad. Así podríamos aprender unos de otros, y en lo que nos afectase a todos, decidiríamos por mayoría. Pero entonces, Alemania decidió por mayoría que Hitler tenía que gobernar. Y no fue mala voluntad de los alemanes. Fue que no sabían en realidad quién y cómo era Hitler, qué era y cómo era el nazismo.

Al final, resulta que el relativismo, paradójicamente, no conduce al diálogo y a escuchar al otro, sino todo lo contrario. Si la opinión del otro vale tanto como la mía, ¿para qué voy a escucharle? ¿quién me manda a mí decirle nada? Eso es lo que le dijeron a Polaino: como usted se basa en convicciones religiosas –lo que, repito, era falso–, lo que usted diga no me afecta, porque no comparto la religión que usted toma como punto de partida. Si, en cambio, reconociéramos que, aunque podamos equivocarnos, hay una verdad que no depende de lo que piense cada uno o la mayoría, eso nos llevará a escuchar lo que dicen los demás, en especial cuando no están de acuerdo con nosotros. Así es como podremos aprender de los demás, y diremos lo que pensamos, porque también estaremos convencidos de que pueden aprender de nosotros.

Lo decía otro poeta, también de los inicios del siglo pasado:

Tu verdad No; la verdad / y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela.

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4 comentarios sobre “EL MIEDO DE LOS IGNORANTES

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