En un reportaje sobre cómo se hizo la película de El Señor de los Anillos, se veía a Ian McKellen hojeando un ejemplar del libro mientras paseaba de un lado a otro, vestido de Gandalf. Hizo un trabajo magnífico, y se nota que estudió a fondo la historia y el papel que le tocaba representar. Era, posiblemente, uno de los más difíciles, porque el Gandalf del libro tiene una personalidad muy desarrollada, con muchos aspectos y matices característicos.

Solamente hay unos pocos detalles, en la película, que no me convencieron. El primero es la manía que tiene de pronunciar siempre el nombre y el apellido de un hobbit cada vez que quiere regañarlo, como si se tratara de simples niños fastidiosos. Porque el Gandalf de Tolkien solo trata como niños a los que lo son de verdad, sean hobbits, elfos, enanos, o de cualquier otra raza. Además, tiene muchos y variados recursos para iniciar una reprensión, y no recuerdo un solo caso en que use el de decir el nombre y el apellido completos del interpelado. Otro detalle es la escena del enfrentamiento con Saruman dentro de la torre de Orthanc, cuando el jefe del Concilio Blanco le traiciona y lo encierra en lo alto de la torre. Eso parecía un remake de Willow, que es una gran película, pero que no es comparable con la historia de Tolkien.

El último detalle que no me gustó es más serio, porque es una escena en la que parece que se olvidaron de quién era Gandalf en realidad; en concreto, de quién era Gandalf el Blanco. Me refiero al momento en que se enfrenta al capitán de los Nazgûl en la puerta de Minas Tirith. En primer lugar, no sé por qué tuvieron que trasladar a los contendientes a otro escenario, situado en un lugar cualquiera de las murallas. La puerta tenía su simbolismo, o su fuerza expresiva, o como quiera llamarse a ese efecto narrativo. Gandalf acude allí para cerrar el paso al enemigo, para impedir la entrada del terror en la capital de Gondor. Sin embargo, en la película ni siquiera es Gandalf el que busca a su enemigo, sino que no se sabe bien si es el Nazgûl quien lo busca a él o, lo que todavía sería peor, se encuentran uno frente a otro por mera casualidad.

Y luego vemos a un Gandalf asustado y nervioso, que ni siquiera consigue mantenerse en pie en presencia de su enemigo. Parece como si  hubiera sido derrotado antes de que empezara la contienda. Nada que ver con la escena tal y como fue descrita por Tolkien o, por lo menos, con la impresión que me ha causado cada una de las muchas veces que he leído ese episodio. Siempre había imaginado que, en ese momento, Gandalf se presentaba como una figura serena y fuerte, llena de luz ante la oscuridad amenazante del rey brujo de Angmar. En mi primera lectura pensé que iban a enfrentarse y estaba convencido de que Gandalf saldría victorioso. Quizás no acabaría con la vida de su enemigo, pero como mínimo le obligaría a retirarse. La del libro es una escena de las que se leen con tensión, apretando el libro entre las manos y olvidando todo lo que rodea al espectador. Me parece una lástima el resultado que apareció en el cine. En mi opinión, la arruinaron.

Pero no arruinaron a Gandalf. Eso no es más que una escena, y Gandalf aparece en muchas otras ocasiones, casi siempre dando esa impresión de poseer una sabiduría insondable y unos poderes que superan las más descabelladas sospechas de los hombres. Es siempre ese anciano, que no es viejo, que conserva el vigor de sus miembros aunque camine encorvado por las fatigas acumuladas a lo largo de una vida de muchos años. Alguien que se comporta con toda la solemnidad que se requiere en sus encuentros con los grandes de la tierra, los reyes de los elfos y de los hombres, y que al mismo tiempo establece una relación muy cercana con los hobbits, hablándoles como a ellos les gusta y como mejor le pueden comprender.

En definitiva, es alguien que se da por completo a los demás y, sin embargo, nunca deja de ser quien es. Por eso no oculta su sabiduría superior, ni tiene reparos en utilizar con toda la fuerza sus enormes poderes. Eso sí, siempre con prudencia y al servicio de la misión que tiene que cumplir. Una misión que consiste en proteger y aconsejar a los que deben llevar a cumplimiento las previsiones del destino. Nunca olvida cuál es la parte de esos designios que le ha sido asignada y vuelca todos sus esfuerzos en realizarla hasta las últimas consecuencias, llegando a sacrificarlo todo en ese empeño.

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