Esta mañana he leído en un medio de comunicación de ámbito municipal un artículo sobre el debate político que se ha levantado en Catalunya. La periodista que lo firmaba venía a decir: ¡tranquilos! Yo estudié en catalán, y domino perfectamente el castellano. Normalmente no es un buen método de razonamiento el sacar conclusiones a partir de la propia experiencia. Pero en este caso pienso que, al menos en parte, tiene razón: no hay motivos para preocuparse. Catalunya está socialmente tan bien integrada en España que, por mucho que digan los independentistas, al final la inmensa mayoría de los catalanes termina dominando el castellano.

Sin embargo, quisiera dar un paso más: esta integración de Catalunya en España, ¿es como la de una rama en el árbol del que ha crecido? Quizás el ejemplo no sea muy bueno, porque es posible que alguno interprete que estoy diciendo que el catalán procede del castellano, y que lo catalán nace de lo castellano. Alguien me dijo eso una vez, y me quedé de piedra. Afortunadamente, ni siquiera en el resto de España quedan muchos que piensen esta estupidez. El catalán nace del latín como todas las demás lenguas romances, esto está claro.

Pero volvamos al presente, y a lo concreto: la gente, por lo general, domina el castellano aunque en la escuela se le enseñe todo en catalán. Eso solo puede llevarnos a concluir que el castellano está muy presente en la vida social de los catalanes. Por eso, no hace falta hacer un drama porque la ley establezca que la única lengua vehicular es el catalán.

Ahora vamos a mi experiencia, y a las estadísticas de las pruebas de acceso a la Universidad. Los resultados dejan claro que la mayoría de los alumnos sacan mejores notas en castellano que en catalán. Dominan más la lengua que no es vehicular que la que sí que lo es. Esto me pasa a mí, y les pasaba a todos los de mi clase, y, viendo las estadísticas cada año, sigue pasando a la mayoría de los que terminan el bachillerato. ¿Cuál es el motivo?

Yo no tengo ni idea de por qué pasa eso en general, pero sí puedo suponer por qué me ocurría a mí. Pasa como con los libros: han tenido que pasar varios años desde que salí del colegio para que me leyera El Quijote: me habían insistido tanto en el colegio en que era un libro indispensable, la novela más grande de la historia de la literatura, que me negué a leerlo por puro agotamiento. A mí me encantaba leer desde bastante pequeño, pero casi siempre detesté los libros que me mandaban leer en el colegio. Si podía, veía la película, o le pedía a uno de los empollones de la clase que me contaran el argumento.

Creo que es algo parecido lo que hace que los alumnos dominen más el catalán que el castellano; habitualmente se hace un drama con todo lo que sea Catalunya y el catalán. Siempre hay que defender Catalunya, siempre tenemos que rechazar al catalán, hay que respetar los derechos de nuestra lengua propia (yo siempre he tenido dos lenguas propias, aunque aprendí antes el catalán que el castellano; y, por otro lado, los derechos pertenecen a las personas, no a las lenguas). Es un discurso bastante cansino y molesto, porque es alarmista contra unos peligros que no existen en nuestra vida cotidiana. Llegué a sospechar que cuando los nacionalistas hablan de defender el catalán, en realidad se refieren a intentar destruir el castellano. Cada vez estoy más convencido de que esa sospecha se acerca bastante a la realidad, aunque ellos estén convencidos de que no es así. Por ejemplo: si alguien dijera que en una escuela se estudia tanto en inglés como en catalán, ¿se quejarían? No, porque aprender inglés es muy importante. En cambio, cuando se dice que hay que estudiar en las dos lenguas cooficiales, resulta que se está atacando al catalán.

Cada vez lo voy viendo más claro. Hace unos diez años, estuve en una reunión informal con Jordi Pujol. Se estaba debatiendo mucho sobre el Estatut, y alguien le preguntó si, con tanto traspaso de competencias del Estado a las Comunidades Autónomas, no dejaría de existir España para convertirse en un conjunto de Estados pequeños. El pobre hombre no se dio cuenta de que era una crítica a su política, y lo entendió como un elogio. Entonces, adoptando una voz soñadora con una nota de emoción romántica dijo: a mí, por gustarme, me gustaría que el mundo terminara en la “franja de ponent”, pero no es así. Es decir, que él preferiría que todo lo que hay más allá, o sea, España (y también Portugal, que –pobre gente– no tienen nada que ver), no existiera, simplemente.

Otra anécdota entre muchas: un amigo, militante de un partido nacionalista, colaboraba con una asociación juvenil que organizaba actividades extraescolares para aprovechar el tiempo libre. Una de estas actividades fue una excursión en la que participaban este amigo mío, otro adulto, y seis o siete adolescentes. Escalaron la cima de una montaña y, una vez arriba, los adolescentes sacaron una bandera de España para hacerse una foto. Entonces mi amigo montó en cólera. Me lo contaba él mismo, y volvía a indignarse porque, según él, no se puede sacar una bandera de España en una montaña catalana.

Por esta clase de episodios he llegado a la conclusión de que la esencia del nacionalismo catalán, aunque los mismos nacionalistas no se den cuenta, no es el amor a Catalunya, sino el odio a España. El amor a Catalunya lo tenemos también los demás, pero no necesitamos rechazar una parte de la riqueza cultural que hemos heredado para sentirnos orgullosos de haber nacido en nuestra tierra.

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Un comentario sobre “A PROPÓSITO DE LA LENGUA VEHICULAR

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