Ayer tuvimos en el Parlament un nuevo episodio del debate político sobre la inmersión lingüística, así que aprovecho para decir algo más sobre el asunto. El Sr. Mas alegaba, para justificar su resistencia a cumplir las resoluciones judiciales, que no hay ningún problema social con el hecho de que la lengua vehicular sea el catalán. Decía nuestro presidente que los alumnos catalanes hablan el castellano tan bien como los de Valladolid, Salamanca, y otras comunidades, y luego añadía, quizás con un toque de ironía de la mala, que a los gallegos y sevillanos a veces ni siquiera se les entiende.

Y tiene razón: los alumnos catalanes, en general, hablan bien el castellano. Pero estoy convencido de que no es gracias al modelo educativo de inmersión lingüística previsto en las leyes, sino a pesar de las prescripciones legales. Me explico: cuando leo lo que manda la normativa catalana de educación sobre la lengua vehicular, tengo la impresión de que me hablan de un lugar que no existe. Con toda seguridad, no se corresponde con el colegio donde estudié y después trabajé como profesor. No tiene nada que ver con el colegio donde estudian mis hermanos. Tampoco con la escuela pública donde ahora trabaja mi hermana.

Quizás eso ocurra solo en la provincia de Barcelona, pero es que da la casualidad de que es allí donde vive más de la mitad de los catalanes. Y lo que ocurre es que hay más gente que no domina el catalán que gente que no domina el castellano. Es más, no hay casi nadie que no se maneje tranquilamente en castellano, y hay muchos que no se manejan tranquilamente en catalán. Por muy lengua propia que sea, el catalán está menos arraigado en la gente que el castellano, al menos en la provincia más poblada. Y ante eso, la solución ha sido intentar imponer el catalán como lengua vehicular. Y no funciona.

En algún sitio habrán conseguido que todo sea en catalán. De hecho, he oído hablar de colegios donde los maestros vigilan que los niños en el patio hablen en catalán, y les llaman la atención si hablan en castellano. Eso me recuerda a las peores dictaduras, pero dejémoslo estar, porque son casos extremos y aislados. Sea como sea, en los lugares donde se consigue que la enseñanza sea solo en catalán, los alumnos aprenden el catalán, pero no lo aprecian; y cuando salen del colegio dejan de usarlo, y entonces se les olvida.

Luego existe otro problema, que es la dificultad intrínseca de la tarea del profesor. Lo explicaré con una anécdota, que es un caso extremo, pero que puede ilustrar. Cuando llegué a 2º de bachillerato, el profesor que iba a dar la asignatura de Geografía cambió de trabajo pocas semanas antes de empezar el curso. Como no encontraron a otro que le sustituyera, en el colegio pidieron a otro profesor que se encargara de esta asignatura, pero este otro profesor llevaba unos veinte años como maestro de 1º y 2º de primaria. Estaba acostumbrado a tratar con niños de entre cinco y siete años, y de pronto tendría que enfrentarse a un grupo de treinta energúmenos de dieciséis y diecisiete: todo un reto. Y tenía que hablarnos en catalán, porque así lo decía la ley, y así se lo habían indicado. Pero era de Teruel, y de catalán sabía lo justo para entender a la gente cuando lo hablaba y para funcionar por la calle. Pero no lo suficiente como para dar la respuesta rápida que le hace falta a un adolescente cuando se pasa de listo, no lo suficiente como para no cometer errores que son muy comprensibles, pero que los adolescentes inconscientes e impertinentes no dudan en aprovechar para burlarse.

En resumen, para nosotros esas clases eran bastante divertidas, pero para ese profesor eran un suplicio; tanto, que duró tres meses, y con ello terminó sus años de trabajo en el colegio. Dejó la enseñanza en diciembre, y creo que lo mal que lo pasaba con nosotros fue uno de los motivos. ¿Que si me siento culpable? Un poco sí, aunque yo no era de los alumnos que montaban jaleo y faltaban al respeto a los profesores. A veces me apuntaba al jaleo ya montado, y otras veces simplemente me reía, pero no recuerdo haber faltado al respeto a ningún profesor. Bueno, una vez, pero ahora no viene a cuento.

Pero lo que me importa es el hecho: la necesidad de dar las clases en catalán es una dificultad añadida para muchos profesores, tanto por la falta de dominio de esa lengua que padecen ellos, como por la falta de dominio que padecen muchos alumnos. Y en el día a día de un colegio, lo último que necesitan las relaciones entre los alumnos y los profesores son nuevos obstáculos en la comunicación.

En cualquier caso, no me cabe duda de que con ese profesor habría sido todo muy distinto si hubiera podido hablar en la lengua que él dominaba y nosotros también. De hecho, podría haberlo hecho, y es lo que hace la mayoría de la gente en todas partes. Habla como mejor le sale, y como mejor le entienden. Y esto en los colegios, en los negocios, en la calle, y en cualquier otro ámbito social. Porque entre dos interlocutores, es de sentido común usar la lengua en la que los dos se encuentren más cómodos. Y cuando un catalanoparlante habla con uno de habla castellana, es de mala educación que use el catalán, si también domina el castellano. Y en los colegios se enseñan las normas de educación, antes que las lenguas.

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