PROGRESAR Y VIVIR MEJOR

El otro día hice una excursión a la montaña. Nada del otro mundo: subimos un pico de poco más de dos mil metros, y el recorrido tenía un desnivel de cerca de cuatrocientos. En el fondo era un paseo, pero el lugar era muy bonito. Estábamos en algún punto de los Apeninos, cerca de Roma, y daba igual dónde mirásemos, que solo veíamos montañas.

Es curioso, pero los paisajes más bonitos eran los que quedaban menos “contaminados” por las carreteras modernas. Un camino de carros o un sendero de montaña no afean el paisaje, mientras que una autopista puede llegar a destrozarlo. No sabría argumentarlo, pero es una sensación que he tenido muchas veces, cuando salgo al campo. Creo que se debe a que los caminos antiguos se hacían adaptándose al terreno: si el suelo estaba en pendiente, el camino también; si había una roca demasiado grande, había que dar un rodeo… Ahora se salvan valles enteros con un puente sostenido con una estructura de hormigón; todo son líneas rectas, porque nos importa más ir rápido de un sitio a otro que conservar la belleza natural de la tierra en que vivimos.

En la última ocasión se me ocurrió pensar que quizás me estoy volviendo ecologista, lo que sería bastante ridículo, con lo mal que me caen los de Greenpeace. Me tranquilicé al comprobar que todavía me daba cuenta de que yo mismo no habría podido contemplar esos paisajes maravillosos si no hubiera sido gracias a esas carreteras tan feas. Efectivamente, aquel día no tenía tiempo más que para un recorrido corto, y sin autopistas habría sido imposible llegar a un lugar donde valiera la pena hacer la excursión.

Pero tampoco quiero ser eufórico con el progreso tecnológico. Porque al menos las carreteras podían hacerse un poco más bonitas. Además, no me acaba de gustar tanto avance informático, tanto hacer más con menos esfuerzo. Uno pensaría que eso es evidentemente bueno, porque así hago lo mismo en menos tiempo y así me queda un ratito para dedicarme a mis cosas… Y resulta que es lo contrario: en primer lugar porque, ya que se puede más, se nos exige más; y en segundo lugar porque con frecuencia se sobrevalora el progreso tecnológico, y entonces aumenta nuestra carga de trabajo. No hace mucho me contaban de un pobre hombre que por la vida agobiadísimo con sus dos iPhones, un iPad, y un ordenador portátil.

O sea, que puede suceder que los progresos informáticos, en lugar de facilitarnos la vida, nos la compliquen todavía más. Pero el problema no es de la informática, ni creo que sea un complot de Microsoft o de Apple contra toda la humanidad. El problema es nuestro, que no sabemos asimilar el progreso. Por ejemplo, si supiéramos apagar el teléfono móvil durante las horas que no son de trabajo, o si aprendiéramos a dedicar tiempo a encontrarnos con la gente fuera del trabajo –con los amigos, con la familia…–, realmente sería útil tener mejores ordenadores y teléfonos. Por eso, si no sabemos aprovechar el progreso, este no nos ayudará a vivir mejor, y hasta es posible que haga justamente lo contrario.

El hombre con el iPad y los dos iPhones era bastante ridículo, pero era real. Es un ejemplo extremado de la situación a la que tiende el progresista tecnológico: un sujeto que, en lugar de aprovecharse de la mejora de los instrumentos de trabajo, ha quedado esclavizado por esos mismos instrumentos. Su afán es tener lo último que haya salido al mercado, y usarlo, y no se da cuenta de que ni trabaja mejor, ni más rápidamente, ni ha aumentado su eficacia; lo único que ha crecido es su gasto y su estrés, pero está demasiado ocupado para pararse a pensar por qué vive tan agobiado.

Está claro que es legítimo que las empresas informáticas traten de mejorar sus productos y también, hasta cierto punto, que intenten crear en los consumidores la necesidad de esos productos. Pero una cosa es eso, que es normal, y otra cosa es que el consumidor se lo ponga tan fácil. Porque la estrategia de crear necesidades que no existían se lleva a extremos que ya no son legítimos, y si no estamos preparados contra eso, enseguida nos convertimos en víctimas fáciles, y nos dejamos un dineral para no conseguir otra cosa que complicarnos la vida.

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