El día 16 de noviembre le hicieron a mi padre una entrevista en el marco de la campaña electoral. A mí me gusta hablar de política, pero no quiero hacer campaña a favor de nadie, y por eso cuelgo esto ahora, que ya han tenido lugar las elecciones.

Pues resulta que la entrevistadora, en algunos momentos se ponía a la defensiva y se le veía el plumero. Creo que tendría que ser ella la que intentara que el político diera respuestas un poco azoradas e inseguras; pero eso sí, dando siempre una imagen de neutralidad e imparcialidad. Y aquí es donde falló esta señorita. La verdad es que no es que se viera su ideología, pero sí qué es lo que no soporta. Creo que así se ponía en evidencia, pero me gustaría comentar algunas de las respuestas que dio a las explicaciones de mi padre.

Ella había preguntado por el Estatut. Típica pregunta para pillar, cuando va dirigida a uno del PP. Mi padre, creo que con mucha calma, explicó que el proyecto del PP era salir de la crisis, con Cataluña al frente. Dio la opinión que todo el mundo sabe que tienen los del PP acerca del Estatut, y luego habló del derecho que tiene el Tribunal Constitucional a decir que si la Constitución dice que España es la única nación, entonces no puede decirse en ninguna ley orgánica, tampoco en un estatuto de autonomía, que Cataluña es una nación. Explicaba que el Tribunal Constitucional sirve precisamente para eso: para decir si una ley se ajusta o no a la Constitución.

Ahí es donde contestó la entrevistadora: ¿y puede decirlo aunque el estatuto lo haya aprobado la población en referéndum, como ocurrió con nuestro Estatut? La respuesta es sí, porque si lo que se quiere es cambiar la Constitución, el proceso adecuado es el de reforma constitucional, no el de reforma estatutaria. Pero más allá de esta obviedad, decir que el Estatut fue aprobado por el pueblo catalán es una falsedad como una casa. El referéndum apenas alcanzó una participación del treinta por ciento de los catalanes con derecho a voto.

Se puede decir que la participación fue la suficiente como para que, según la normativa vigente, el referéndum pudiera considerarse válido. Pero entonces, si se trata de atenerse a la normativa, no puede criticarse al Partido Popular por denunciar una incoherencia entre lo pactado en la reforma estatutaria y lo previsto en la Constitución. Si respetamos las normas, las respetamos todos y para todo. Si pasamos a debatir en el plano político y social (por encima de lo que digan las normas), entonces el Estatut es un ejemplo de chapuza política, que lleva a un desinterés monumental de los ciudadanos frente a la actuación de los gobernantes, y eso a pesar del intensísimo bombardeo publicitario de cuatro partidos a la vez. Por tanto, es una norma cuya legitimidad jurídica ha de considerarse limitada a la que le ha reconocido el Tribunal Constitucional. En cuanto a la legitimidad moral y política, la verdad es que tiene poca o ninguna: en su elaboración, los políticos dieron un espectáculo lamentable; y en su aprobación, fueron castigados con la indiferencia de casi el setenta por ciento de la población, que prefirió irse a la playa.

Luego continuó la entrevista, y hubo otras ocasiones en que la periodista que entrevistaba a mi padre se puso en evidencia. Cito como ejemplo la más llamativa, que además fue muy poco elegante, porque fue una contestación sin dar ninguna opción a la réplica, al final de todo, justo antes de anunciar que se había acabado el tiempo de la entrevista. Se había hablado del aborto y de la aberración que supone que a cualquier tipo de unión de dos personas que se basa en el afecto mutuo se le pueda llamar matrimonio. Y al final se hablaba específicamente de la legislación civil española que trata más específicamente acerca del matrimonio.

Mi padre había explicado una cosa que es de sentido común, y es que con la ley del divorcio rápido, ahora un matrimonio obliga menos que una letra de cambio. Porque esta, una vez firmada, la terminas pagando. En cambio, si uno se casa, eso vale por tres meses; luego puede irse por su lado y dejar plantado o plantada al otro o a la otra sin más explicaciones. Y eso cuando había prometido el amor total, la entrega de sí mismo o de sí misma “hasta que la muerte nos separe”. Esa posibilidad de romper el matrimonio sin dar ninguna explicación a los tres meses de haberlo contraído me parece, cuanto menos, una tremenda incoherencia.

Y entonces aparece el comentario de la periodista, como si con eso lo explicara todo: “las promesas, tanto las electorales como las personales, no siempre se cumplen”. Y eso me hace preguntarme a mí: ¿y qué? ¿Acaso el hecho de que sea tan frecuente que la gente rompa sus promesas significa que tenemos que permitirlo por ley? Es verdad que a veces no cumplimos nuestras promesas, pero el hecho de que sea verdad no significa que incumplir una promesa sea una cosa buena. Es una cosa malísima, ¿o me he vuelto loco? A lo mejor algún listillo me dirá que depende de la promesa, porque ¡claro! Si prometo una cosa mala… entonces lo malo es prometer una cosa mala, y lo que hay que hacer no es incumplir la promesa, sino retirarla. Y si prometo una cosa que no puedo cumplir, entonces estamos en lo mismo: no tenía que prometer eso, y ahora estoy obligado a rectificar o a reparar, precisamente porque prometí. Parece mentira que tenga que venir Perogrullo a abrirnos los ojos.

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