Entonces, ¿de qué debe preocuparse el escritor de relatos de ficción? ¿De que sus historias entretengan, o de que contengan una enseñanza? Para mí, su reto es conseguir una historia interesante; lograr que el lector quiera llegar al final, que se pregunte cómo terminará todo. La pregunta es más profunda que el dilema entre si es más importante lo que se cuenta o cómo se cuenta. Hace falta cuidar las dos cosas para que una historia sea interesante. Una buena historia mal contada es una mala historia. Y una historia sin interés, por muy bien que se cuente, no llegará a ser nunca una buena historia. Por ejemplo, Delibes escribe de maravilla, pero a mí no me interesa. No niego que sus relatos tengan un interés objetivo, pero no coincide con lo que me interesa subjetivamente a mí.

Quizás pueda extrañar que diga esto, si el lector me conoce y sabe que por motivos de fondo he retirado ciertos libros de una modestísima biblioteca que gestiono en una asociación cultural para chicos de diez a dieciocho años. No tengo ningún problema en reconocer que algunos de esos libros cuentan historias verdaderamente apasionantes, y muy bien escritas. Pero el fondo de un libro no depende de los recursos literarios, sino del fondo que tenga el mismo autor, de su concepción del mundo y del hombre.

Por eso yo diría que el escritor no tiene que preocuparse –en su tarea de escritor– del fondo que tengan sus relatos. Él debe preocuparse de formar su conciencia para ser buena persona; si es bueno, entonces sus relatos recibirán algo de esa bondad. Pero esa tarea no es exclusiva de los escritores. Todos tenemos que intentar ser un poco mejores cada día; también los abogados, los médicos,…

Cuando leo una historia donde se ve muy claramente “el mensaje que el autor quiere transmitir”, no puedo evitar preguntarme por qué da tantos rodeos. Me parece un error. De hecho, creo que cuando un escritor se esfuerza por que su historia tenga fondo, acaba consiguiendo lo contrario: una historia superficial, o una historia sin interés (quizás el mensaje que encierra tenga su interés, pero no lo tiene la historia en sí misma). En cambio, las  historias que de verdad tienen fondo son las que tienen valor en sí mismas: si son realmente buenas, no tienen un mensaje, sino muchos.

Puestos a buscar un ejemplo, recurriré a mi libro favorito: “El Señor de los Anillos”. Tolkien se esforzó en explicar que es una historia que “no habla de nada, salvo sobre sí mismo”. Y sin embargo, de esas páginas se pueden sacar tantas enseñanzas y mensajes (diversas manifestaciones de amistad, el valor del sacrificio y del perdón, qué es la muerte, etcétera). Es algo que el mismo autor no negaba, pero que aseguraba no  haber advertido hasta la primera revisión del texto.

En conclusión, resulta que es más perfecta una historia escrita por el mismo interés de la historia, y hasta es más útil para transmitir enseñanzas. Quizás no las contengan de forma tan clara, pero sí en mayor cantidad y variedad. En cambio, si yo escribo pensando primordialmente en un mensaje, que transmito en forma de historia pero sin que me importe nada más que el mensaje, entonces la historia caerá en el olvido. Entonces quizás triunfe como filósofo (en mi caso, lo dudo), pero no triunfaré como narrador.

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