–Papá, ¿quiénes son esos que tienen alas?

–¡Está clarísimo! Son elfos.

Esta es la respuesta que daba con total convencimiento un padre a su hijo, españoles los dos, mientras pasaban junto al pesebre que está instalado en el interior de la Basílica de San Pedro durante los últimos días de Adviento y el tiempo de Navidad.

Mal que me pese, entendería que haya gente que no sepa qué es el Adviento, dado que ya hace años que las calles están llenas de luces desde los primeros días de diciembre, de manera que da la impresión de que es Navidad mucho antes de que lo sea de verdad. Pero me parece estremecedor que alguien haya olvidado –no se me ocurre cómo podría no haberlo aprendido nunca– que los que tienen alas son ángeles.

¿Para qué va ese hombre a la Basílica de San Pedro, si no sabe ni eso? Quizás lo haga porque todo el mundo va, o quizás se limite a admirarse de la altura de los techos… En el fondo, alguien como él es uno de los argumentos más contundentes para mostrar hasta qué punto es necesario que la asignatura de Religión sea obligatoria. ¡Que no es por los dogmas, sino por la cultura! Claro que, a partir de ahí, siempre queda el “peligro” de que alguno se pregunte si todo eso no será verdad, pero, ¿acaso no vale la pena correr ese riesgo, aunque solo sea para no ir haciendo el ridículo por ahí?

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