Nací en una familia católica hasta la médula, y sigo siendo católico hasta la médula. ¿Qué tiene que ver esto con mi afición literaria? Pues todo, porque mi fe tiene todo que ver con todo en mi vida, o al menos eso intento. Quizás alguien piense que soy un fundamentalista, pero entonces es que no entiende qué es la fe. No voy a entrar ahora a esa cuestión, pero era importante decirlo, porque esta misma fe ha sido uno de los impulsos que me llevaron a escribir cuando era muy pequeño. Reconozco que solo recientemente, cuando he pensado en escribir estos recuerdos, me he dado cuenta de esto.

Lo primero que escribí eran cartas. Las escribía desde que aprendí las letras; por eso en las primeras usaba solo mayúsculas. Evidentemente, la mayoría de las veces no me ponía a escribir porque se me hubiera ocurrido a mí solo. Normalmente –y la primera vez con toda seguridad– era mi madre quien me lo sugería, supongo que cuando me veía sin hacer nada. Es decir, que escribía cuando ya era oscuro y no podía salir a la plaza a jugar a fútbol.

No tengo ni idea de qué decía en esas cartas; imagino que contaba mi vida, lo que había hecho ese día y quizás el anterior, y poco más. No eran muy largas: una cara de folio, incluyendo el dibujo que siempre ponía al final. Al principio dibujaba personas (una redonda y dos palos largos, hasta que aprendí a darles un poco de forma fijándome en cómo dibujaban mis hermanas mayores, que lo hacían francamente bien, según me parecía); después dibujaba a Superman; más adelante paisajes con montañas, una casita, un río, el sol, un camino que cruzaba el río por un puente, y luego le añadía algún bosque, un pueblecito… poco a poco lo iba perfeccionando.

Y ¿a quién escribía? Pues, como todo el mundo, a las personas por las que tenía afecto y estaban lejos. Sobre todo a mi tío, que vivía en Roma, y al Papa, que todo el mundo sabe dónde vive. Por la fe que me habían enseñado mis padres, yo quería mucho al Papa, y por eso le escribía de vez en cuando. Dos veces me respondió, y sigo considerándome especialmente privilegiado por ese motivo. Además, con los años he podido ver a ese Papa en muchas ocasiones, lo que supone un privilegio todavía mayor: la primera vez fue en la ordenación sacerdotal de mi tío, de manos del mismo Papa Juan Pablo II. Luego, en varias ocasiones en que viajé a Roma con la familia por motivos distintos. La última, cuando estuvo en Madrid para la canonización de cinco santos. Después he visto muchas veces al Papa Benedicto XVI, porque ahora vivo en Roma y ocasiones no faltan. Una vez conseguí darle la mano en la Basílica de San Pedro, mientras salía de una celebración por el pasillo central y se acercaba a los dos lados para ir saludando a los fieles. Yo tuve la suerte de estar junto a la valla.

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2 comentarios sobre “CARTAS

  1. Qué bueno, Josemari: mirar que estar yo también en el origen de tu vocación literaria. Probablemente esas cartas no las valoré como debiera! A ver si logro recuperar alguna, si es que salvó de los traslados. Un abrazo

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