UNA FRASE MUY IMPORTANTE

Nunca olvidaré lo que ocurrió en uno de los maravillosos veranos de mi infancia. Ya no íbamos al apartamento de los abuelos al lado de la playa, que se había vuelto un lugar indecente. En cambio, desde hacía dos o tres años pasábamos el mes de julio en un pueblecito al sur de la ciudad. Esa casita de dos plantas, la vivienda y el sótano, era también de los abuelos. Y al otro lado de la calle tenían otra nuestros primos. Mi padre iba todos los días a trabajar al despacho, mientras mi madre se quedaba en casa con nosotros. Allí teníamos espacio para corretear y jugar todo lo que quisiéramos. María y Núria, mis dos hermanas mayores, y Mercedes, la que iba justo después de mí, se pasaban el día con Anna, nuestra prima segunda, buscando gatitos para amaestrarlos.

A mí los gatos me daban miedo; yo prefería salir a la calle –el jardín era demasiado estrecho– a jugar a fútbol con mi hermano mayor, que iba después de las dos chicas y que no tenía miedo a los gatos (a los perros sí) pero tampoco le interesaban lo más mínimo. El pequeño tenía solo cinco o seis años, y no recuerdo a qué se dedicaba. De él, lo más divertido que me viene a la memoria es de algunos años antes: descubrió los cachorros que una gata había parido en el garaje; al ver que podía cogerlos por el lomo, no se le ocurrió nada mejor que llevarse uno al balcón y tirarlo, a ver qué pasaba; y, como vio que caía bien y no se hacía daño, repitió la operación varias veces seguidas, hasta que me parece que el pobre bicho se rompió una pata. Mis hermanas montaron en cólera, pero yo -que era pequeño y no tenía sensibilidad por la salud de los animales- me partí el bazo.

Tenía otras dos hermanas, Montse y Pili; eran todavía muy pequeñas y debían estar todo el día con mi madre. Todavía no habían nacido los tres últimos (Gabriel, Álvaro e Inma), así que en total éramos ocho, y nos lo pasábamos muy bien. Mi padre volvía a casa por las noches, y solía trabajar en un ordenador portátil, que en aquella época era algo verdaderamente asombroso y que también tenía un juego de preguntas y respuestas; creo que era una especie de “Trivial”. Una vez, mi padre me dejó jugar con él, y una de las preguntas que me tocaba responder, la única que recuerdo, era dónde iban a ser las Olimpiadas de 1992. El sistema ofrecía cuatro respuestas posibles, y acerté a la primera y sin dudar, más por cariño a mi tierra que porque tuviera una mínima idea de cuál era la respuesta. Desde entonces, con gran orgullo por mi parte, la supe para siempre.

Después de la cena venía uno de los mejores momentos de la jornada. Mi padre se sentaba en un sillón en el salón-comedor. El sofá lo ocupaban mi madre y algún hermano. Casi siempre le tocaba a una de las dos mayores, que mandaban mucho y siempre, también en el coche y en la mesa, tenían derecho a escoger sitio porque habían nacido antes. A veces había alguna discusión al respecto, algún pellizco, quizás un bofetón (pasa en las mejores familias, y en la mejor también pasaba). En esos casos empezaba a leer, y todos escuchábamos ensimismados.

Cada verano solía leernos un libro, unas pocas páginas cada noche, antes de irnos a dormir. Habitualmente, escogía uno de la colección Aventura, de Enid Blyton. Recuerdo de aquellos momentos la imagen de una pared de roca en las montañas, cuando leyó Aventura en la montaña, precisamente, y recuerdo que mis personajes preferidos eran Jack, el mayor, y su loro Kiki. Me parece que yo me perdía enseguida, y si recuerdo esas historias, no lo asocio a cuando mi padre nos las leía, sino a más tarde, cuando las cogí otra vez por mi cuenta.

Sin embargo, ese verano en concreto, mi padre había escogido un libro especial. Yo había oído el título y tenía una vaga impresión de que debía ser una historia impresionante aunque, por el momento, superior a mis capacidades. Pero ese verano mi padre nos lo iba a leer. Era un libro de tapas duras de color verde, mucho más grueso que los de Enid Blyton, y aquella vez nos habíamos sentado en la terraza, porque debía hacer fresco. Mi padre abrió el libro, buscó la primera página, y comenzó la lectura: En un agujero en el suelo, vivía un hobbit.

Esta frase tan simple me impresionó. Me perdí en la siguiente pero, no sé por qué motivo, esa no la olvidé jamás. Entonces no podía sospecharlo, pero esas pocas palabras hicieron algo dentro de mí; algo que no se notaría hasta bastante más tarde, y que he renunciado a comprender del todo. Pero ese algo misterioso despuntó pasados varios años, y desde entonces no ha dejado de crecer. En cierto sentido, podría decirse que en ese momento cambió mi vida.

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