Ya he hablado de cómo se grabó en mi mente, desde muy pequeño, la primera frase de El hobbit. Un segundo elemento de la obra de Tolkien que me fascinó fue el nombre de Gandalf. Ocurrió también en verano. Pocos años después de que mis padres decidieran dejar de llevarnos a la playa, quizás al año siguiente, empezamos  a pasar en Suiza el mes de agosto, que es el que mi padre ha dedicado a tomarse las vacaciones siempre que ha podido.

Suiza es un país espectacular. Todo allí está limpio y bien cuidado. Los Alpes son montañas imponentes, siempre hermosas y siempre accesibles. Hay un montón de caminos que trepan por esas laderas y que pueden recorrerse en coche hasta llegar a más de dos mil metros. Es muy fácil llegar a las nieves perpetuas, pisar glaciares, ver todo tipo de animales típicos de los paisajes montañosos en su hábitat natural…

Nosotros íbamos a Verbier, un pueblo construido alrededor de una estación de esquí bastante famosa. En ese mismo pueblo solíamos coincidir con otras familias de Barcelona, algunas de las cuales ya conocíamos de antes. A otras las conocimos allí. Solíamos reunirnos en el mismo lugar todas las mañanas para decidir el plan. Alguien proponía una excursión, o la visita a una ciudad, o ir a ver la fabrica de chocolate de Nestlé, o cualquier otra forma de pasar el día, porque allí hay miles de posibilidades. Una vez decidido, quien quería iba y quien tenía otros planes pensados o, simplemente, tenía ganas de ir a un sitio distinto, hacía lo que mejor le parecía. Lógicamente, quienes decidían eran los padres, mientras los niños correteábamos por allí.

Nuestro plan solía ser una excursión a la montaña. Normalmente no eran caminatas muy duras, sino más bien paseos por lugares paradisíacos, a un lago, a una pradera o collado, o simplemente seguir un camino del que alguno había oído hablar.

Había familias con las que nos encontrábamos con más frecuencia que con otras. Una en concreto, que vino pocos años, es la que da entrada a Gandalf en este momento. El padre de esa familia, mientras caminábamos por esas montañas incomparables, solía contar historias a los niños; a los suyos y a todos los que procurábamos caminar a su lado para escucharle. Se las inventaba sobre la marcha, y las llamaba historias de las cabras locas. Y en ese contexto se mencionaba El Señor de los Anillos, aunque no sé cómo se hacía venir, pero recuerdo vagamente que ese título me sonaba por haberlo escuchado en esas circunstancias.

El señor que contaba las historias, como se comprenderá, me caía muy simpático. Y además solía hacernos una broma que me hacía mucha gracia. Nos daba la mano derecha y, mientras nos ponía la izquierda unos centímetros por encima de nuestra cabeza, decía con voz siniestra: “¡Soy Gandalf!” Y al mismo tiempo apretaba con la derecha, de forma que nos retorcíamos por el dolor y por la risa, y se suponía que hacía ver que lo lograba con unos poderes mágicos que salían de la otra mano. No engañaba a nadie, pero era muy divertido. De ahí me quedó la impresión de que Gandalf era una especie de hechicero muy malo, y no descubriría que eso era falso hasta leer El hobbit, varios años después.

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