Por aquella época se puso de moda una colección de libros para niños, llamada Elige tu propia aventura. Yo leí alguno de esos, pero nunca me convencieron demasiado. Ya eran pequeños, pero si encima tenías que irte saltando páginas según eligieras que tu personaje hiciera una cosa u otra, entonces se te acababan enseguida. Además, dependiendo de la opción que se tomara, la historia podía acabar mal. Entonces había que volver atrás y explorar otras alternativas.

En realidad pienso que ese tipo de libros no podrían llegar a ser buena literatura, por un error básico de concepto. Un relato es un relato, y no muchos. Y para que un relato sea bueno, tiene que tener un desenlace posible, y no varios a gusto del lector. Ya hemos hablado de La isla del tesoro; pues bien, ahora imaginemos que al principio Stevenson hubiese hecho una pausa y nos hubiese preguntado: si quieres que Jim le dé un vaso de ron al capitán Billy Bones, pasa a la página siguiente; si quieres que avise al Dr. Livesey para advertirle de que el capitán no va a cumplir sus prescripciones, pasa a la página 32; si quieres que trate de imponer al capitán la obediencia a las indicaciones del médico, adelanta hasta la página 47. En ese caso, Jim Hawkins habría dejado de ser Jim Hawkins, y la historia de La isla del tesoro habría dejado de ser una historia. Gran parte de la magia de la literatura se basa en provocar que nos preguntemos: ¿qué pasó? Y nos lo preguntamos como algo que ha pasado antes. ¿Y qué hizo entonces? ¿Cómo se las arregló para salir de ese problema?

Cuando tenemos esas inquietudes, a eso se le llama interesarse por el relato. Pero si el protagonista puede hacer una cosa u otra según lo que yo decida a la vista de las opciones que me ofrece el autor, entonces no tiene ningún interés, porque no es algo que haya ocurrido. Sobre todo, pierde la gracia porque siempre se puede volver atrás, y eso quita verosimilitud a cualquier relato. La credibilidad es fundamental en la literatura, y una historia no puede ser creíble si las decisiones de los personajes son reversibles, si se puede echar marcha atrás en el tiempo y explorar otro camino, porque la vida no es así. En nuestra vida, si nos equivocamos, tenemos que aceptarlo, arreglar el estropicio si se puede o, si no, cargar con las consecuencias. Un relato al que le falte este aspecto fundamental de nuestra vida, quizás pueda llegar a ser un juego entretenido, pero jamás un buen relato.

Y esos libros tenían también otro problema. Alguna vez intenté seguir el camino hasta el final, sin retroceder. Sí, lo hice cuando era pequeño, sin hacerme grandes preguntas. Debía ser como un instinto que reflejaba la idea que he explicado en el párrafo anterior. Pero ya me estoy psicoanalizando, así que dejemos la cuestión en que lo hice así, y ahora no estoy muy seguro de por qué. Cuando había avanzado algunos pasos en la historia, y tomado algunas decisiones, a veces ya me daba cuenta de que me había equivocado. Pero no recuerdo una sola ocasión en que el error pudiera arreglarse. La historia terminaba siempre mal, a no ser que hubiese acertado a la primera con la solución a todos los dilemas que aparecían en el camino. Y eso tampoco es creíble: en los buenos libros, como en la vida misma, los personajes cometen errores, pero siempre queda una posibilidad de enmendarlos o de asumir sus consecuencias del mejor modo posible. Eso nunca significa que todo esté perdido.

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