En aquellos años, digamos entre tercero y sexto de EGB, todo lo que fueran deberes para el colegio, o un examen, era sinónimo de aburrimiento. Quizás no era automático, pero si se refería al colegio, o sea a algo que había mandado un profesor, por lo menos era sospechoso.  Además, yo era un niño muy despistado: tenía una agenda para apuntar los deberes, pero siempre me olvidaba de copiarlos o de llevarme la agenda a casa, o de las dos cosas. Luego me entretenía con cualquier cosa, y muchas veces no hacía los deberes porque eran aburridos y yo, además de despistado, era perezoso. Solo los hacía si mi madre se preocupaba de mandármelo, porque al menos era bastante obediente, lo suficiente como para soportar ese rato de aburrimiento si luego podía salir al jardín a dar patadas al balón, o jugar al ordenador o a la videoconsola.

Lógicamente, los libros no eran inmunes al contagio. No sé qué habría pasado si un profesor nos hubiera dicho que leyésemos uno de los que mi padre nos había leído en las noches de verano. Supongo que, simplemente, las sospechas de aburrimiento que recaían sobre todo lo que tuviera que ver con el colegio no habrían podido competir con el hecho de que yo ya sabía que esos libros me gustaban. Pero no tuve esa suerte.

En cambio, tuve otra, y eso sí que fue una excepción: se trataba de Jim Botón y Lucas el maquinista, de Michael Ende. Fue la primera vez que me gustó un libro que me había mandado leer un profesor. Debió ser en quinto o en sexto. Me pareció un libro genial: lleno de sorpresas y de sucesos increíbles. Bueno, ya que hemos dicho en la entrada anterior que la credibilidad era tan importante, en lugar de increíbles diremos apasionantes. Me parece que solo lo leí una vez, pero me acuerdo de muchas cosas: un paso estrecho entre unas montañas, donde los ecos quedaban encerrados y se repetían constantemente, cada vez más fuerte, hasta que… no vamos a decirlo, por si alguien quiere leerlo. Luego había un desierto, y el principal peligro eran los espejismos. Luego atravesaban la oscuridad, agobiante como nada que hubiera leído antes. Y después llegaban a la tierra de los dragones, y pasaban todo tipo de aventuras incr… muy entretenidas.

Lo curioso es que, aunque me lo habían mandado en el colegio, me había gustado tanto que cuando supe que existía una segunda parte: Jim Botón y los trece salvajes, sentí unos grandes deseos de leerlo. No sé cuánto tuve que esperar, ni si me costó mucho esfuerzo conseguirlo. Al final lo tuve, y también me pareció muy bueno, aunque de él solo recuerdo un remolino en el mar, y que los trece salvajes eran unos piratas muy malos.

Otra cosa importante de Jim Botón y Lucas el maquinista es que leyéndolo aprendí una palabra porque la tuve que buscar en el diccionario: ébano. Digo que es importante porque me sorprende que me gustara tanto, cuando por en medio tenía que ir buscando las palabras que no entendía en el diccionario, o las que me indicaba el profesor. Es algo que no hago nunca; cuando era pequeño, si no entendía una palabra por su contexto, muy rara vez me tomaba la molestia de buscarla en el diccionario. En cambio, en este caso, hasta me acuerdo de la palabra. Tendré que volver a leer esos libros, porque mi memoria ha guardado todos esos detalles, pero se me ha olvidado de qué iba la historia.

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