Yo no era, como habría dicho por entonces, “de los empollones de la clase”, aunque sí de aquellos a quienes les gustaba leer. Tampoco era de los que se pasaban los descansos leyendo; yo jugaba a fútbol, un deporte que me ha apasionado siempre. En los descansos teníamos partidos inolvidables: no podíamos ir a los campos de deporte, sino que teníamos que conformarnos con jugar en “nuestro descanso”, una zona de los jardines del colegio, que eran inmensos, donde teníamos que estar durante los tiempos de recreo. Esa zona era un bosque de pinos. Desde tiempo inmemorial estaba bien claro cuáles eran los árboles que servían de postes de las porterías, y seguían siendo los mismos quince años después, cuando fui profesor del colegio. No había larguero: si el balón pasaba a una altura inalcanzable para el portero, entonces era alta; no fuera, porque no había fueras, sino solo las porterías. Uno de los equipos tenía que jugar con la corbata por fuera del jersey, y así nos distinguíamos.

Era un fútbol con muchos obstáculos. El campo no era llano, sino que estaba en una ligera pendiente de izquierda a derecha o al revés, según qué portería le tocase a un equipo. De hecho, había varios campos en la misma zona de bosque, porque éramos unas cuantas clases las que teníamos el descanso al mismo tiempo. La mayoría estaban en paralelo, pero en momentos de especial necesidad había también campos que se cruzaban, aunque esos se usaban muy pocas veces. De todos modos, como no había líneas, era muy fácil que alguien se llevara un pelotazo con el balón de otro partido, o que uno de los que jugaban en el campo de al lado chutara el balón con el que jugábamos nosotros -o al revés-. Además, como jugábamos en un bosque, había varios árboles por en medio, cosa que hacía el partido mucho más interesante, porque no solo había que regatear a los defensas contrarios y a los jugadores de los otros partidos, sino también a los árboles. A veces, un chute muy potente podía estrellarse contra un árbol y salir desviado quién sabe hacia dónde. Quizás era solo un pase muy malo, que de pronto se convertía en un gol inesperado, porque valía el gol de rebote. También podía ser que el portero despejara con todas sus fuerzas, pero diera en un árbol y se metiera un golazo en su propia portería, desencadenando grandes risas y celebraciones entre los del equipo contrario. ¿Cómo es que no nos hacíamos más daño? Algún que otro rasguño había, pero no recuerdo que nadie tuviera un accidente de gravedad. Lo que tengo claro es que era divertidísimo.

A veces venían los mayores, los de BUP y COU, a quitarnos el balón. Entonces cundía el pánico: había que suspender el partido; el que estuviera más cerca tenía que coger la pelota y todos salíamos por piernas. Pero los mayores corrían mucho más que nosotros, y eran más fuertes, de modo que teníamos que pasarnos la bola unos a otros, huyendo del peligro hasta encontrar a un profesor que nos protegiera. Si nos lo arrebataban, entonces uno se iba a buscar al profesor, mientras los demás no tenían más remedio que entrar al juego de los mayores, que se dedicaban a torearnos durante un rato. Eso era un fastidio, pero no pasaba siempre.

Cuando jugábamos en un campo de verdad, se notaba que todo eso había servido de entrenamiento. Ya no había raíces que desviaran el balón, ni un árbol que parase el chute hacia la portería. Las condiciones tan adversas de los partidos de cada día habían conseguido que desarrolláramos nuestra técnica.

¿Por qué cuento todo esto? Porque desde esa época siempre he echado de menos que existan buenos libros que hablen de fútbol. Quizás exista alguno, pero yo no lo he visto nunca. ¿Tiene que ser tan difícil narrar un buen partido? No digo periodísticamente, sino literariamente. No me cabe duda de que sería interesante y de que atraería lectores. Sin embargo, los únicos libros que he encontrado que contaran historias sobre fútbol eran malísimos: pensados y escritos exclusivamente para niños, y eran una tontería suprema, y además tremendamente mal escritos. Alguno me dirá que por qué no lo hago yo, y la verdad es que no lo sé; quizás lo intente algún día.

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