En el colegio cada alumno tenía su preceptor, que era un profesor que hablaba periódicamente con cada uno sobre la marcha de los estudios, el comportamiento, las relaciones con los compañeros y, en general, sobre cualquier cosa. Si lo hacía bien, era como un amigo más, solo que adulto, y era a quien uno acudía cuando tenía algún problema.

Mi preceptor en séptimo y en los cursos siguientes fue el Sr. Lechuga. No era un apodo, sino su apellido. También era el profesor de Lengua Castellana. Era alto y corpulento y fumaba en pipa. Sus clases eran muy divertidas: por ejemplo, en una ocasión nos explicó los porqués. Dibujó cuatro cerditos –en catalán, cerdo se dice “porc”– en la pizarra, todos distintos, y les llamó los cuatro porquets. Me acuerdo de uno que me hizo mucha gracia, porque dijo que tenía cara de velocidad, y tenía las orejas hacia atrás, como agitadas por el viento. La idea era explicar los cuatro usos del porque: por qué para preguntar, porque en su acepción causal, por que en su acepción final, porqué en su función de sustantivo. En esa clase aprendí todas esas reglas sin aburrirme ni un segundo, y ya nunca se me han olvidado. A eso se le llama ser un buen maestro.

Podía hacer eso porque tenía muchísima autoridad. De hecho, si se enfadaba, era de los más temidos. Casi todos le queríamos mucho. Y fue muy importante para mí, especialmente en el aspecto del que hablo en estos recuerdos. Nos aconsejaba libros, que luego leía quien quería, y me acuerdo de que en una clase estuvo mucho rato hablando sobre los libros de Tolkien. Nos explicó que, durante la carrera, suspendió un examen porque se había enganchando leyendo El Señor de los Anillos. También colgó un mapa de la Tierra Media en el tablón de anuncios y promovió El hobbit y El Señor de los Anillos de muchas formas.

Yo ya sabía desde mucho antes que esos libros existían. Incluso, al final del curso anterior, cuando un profesor había preguntado en clase cuántos habían leído El Señor de los Anillos y habían levantado la mano tres o cuatro, todos calificables como “empollones”, yo ya había visto mil veces los cuatro libros (El hobbit, con tapas verdes, y los tres volúmenes de El Señor de los Anillos, con tapas azul oscuro) en una estantería del salón de mi casa. Me acordaba todavía de esa primera frase mágica: en un agujero en el suelo, vivía un hobbit. Pero todavía no me sentía preparado ni siquiera para intentarlo. Estaba convencido de que no los iba a entender, y por eso ni siquiera me había atrevido a abrirlos.

Pero cuando el Sr. Lechuga nos animó, me esforcé para vencer todos mis temores. Era como un reto al que había tenido miedo de enfrentarme. Y comencé por El hobbit, pensando: “a ver qué ocurre”. Y ocurrió algo que ni siquiera me habría atrevido a imaginar. Entré en un mundo nuevo y viví un montón de aventuras inolvidables: siguiendo a los trece enanos, conocí al verdadero Gandalf, vi a los trolls que se convertían en piedra, escuché cantar a los elfos, descubrí un anillo mágico que tenía el poder de hacer invisible al que lo llevaba, encontré a Gollum en su isla en medio del lago subterráneo, escapé de los wargos gracias a la ayuda de las águilas gigantes, conocí a Beorn, el hombre-oso, me perdí en el Bosque Negro, combatí a las arañas que se escondían en sus profundidades, escapé del palacio del rey de los elfos cabalgando río abajo encima de un

barril, resistí al encantamiento de los ojos penetrantes del terrible Smaug, contemplé un inmenso tesoro y presencié la famosa Batalla de los Cinco Ejércitos, lamenté la muerte de algunos de los enanos más valientes y gocé con el restablecimiento del reino de Valle y del país de los enanos bajo la Montaña Solitaria.

No tardé en darme cuenta de que era el mejor libro que había leído en mi vida. Ya se había ganado ese título antes de que hubiera llegado a la mitad de sus páginas. Si se pudiera asignar a cada libro una categoría como las que se usan para calificar los puertos de montaña de las grandes carreras ciclistas, El hobbit habría sido el primer libro de categoría especial con el que me habría encontrado. En realidad, ya había leído La isla del tesoro, pero solo más adelante llegaría a considerarlo uno de los mejores de todos los tiempos. Pero El hobbit entró de inmediato, y fue el libro que consiguió que mi afición a leer se convirtiera, desde entonces y para siempre, en una pasión casi tan fuerte como el fútbol.

Tengo que agradecer al Sr. Lechuga que me diera este empujón final, después de una espera de años en los que una frase había permanecido en mi memoria: en un agujero en el suelo, vivía un hobbit.

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Un comentario sobre “EL PROFESOR DE LENGUA

  1. Que grande Jose! Que grande el Señor de los Anillos! Y que grande el Sr. Lechuga! A mi nunca más se me ha olvidado la lista de preposiciones! Como nadie se las habia estudiado para el día que tocaba no nos dejó ir a comer hasta que nos las hubiéramos aprendido. Todos repitiendo la lista y desde esntonces que me las se todas de corrido. DEsde aquí un saludo para él! jaja

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