En octavo de EGB leí Las minas del rey Salomón. Lo menciono porque creo que es el segundo libro que me gustó a pesar de leerlo por obligación escolar. El primero había sido en quinto de EGB, o quizás en sexto, con lo que habían pasado dos o tres años. Este nos lo hizo leer el Sr. Mata, y lo usaba para todo. Cada lección del curso la basaba en un capítulo: de cada uno tomaba un fragmento para un dictado, analizábamos la morfología y la sintaxis de algunas frases, había que escribir un resumen del capítulo, y creo que también había preguntas de comprensión lectora. ¡Menudo rollo! ¿no? Pues sí, pero aún así, el libro me gustó. La historia era entretenida, y los personajes bastante singulares. Era un relato bastante épico, con grandes heroicidades de unos pocos aventureros. En eso se parecía a La isla del tesoro, aunque este último me parece bastante mejor. Sobre el que nos mandó leer el Sr. Mata no tengo mucho más que decir. Simplemente, me ha parecido oportuno mencionarlo porque me parece extraño que el libro me pudiera gustar con lo mal que lo trataba el profesor.

Ahora que lo pienso, ha sido una buena idea, porque me acabo de dar cuenta de que no estará de más recordar al Sr. Mata, y cómo veía yo la asignatura que él nos enseñaba: Lengua Castellana. El Sr. Mata era un profesor bastante mayor: había dado clases a mis tíos, y se enorgullecía de conocer a mi abuelo. Solo lo conocía porque había sido profesor de sus hijos, y eso era para él motivo de cierto orgullo porque cuando mis tíos eran sus alumnos, mi abuelo era el rector de la Universidad Central, que luego se pasó a llamarse Universidad de Barcelona. Sí, mi abuelo había sido una celebridad, pero ya tocará hablar de él más adelante.

Volvamos al Sr. Mata. Era un hombre mayor, casi un anciano. Contaba muchas historietas, que siempre empezaba diciendo: “cuando el Sr. Mata era pequeñito…” y entonces sabíamos que la clase se paraba por un buen rato. Era muy simpático, aunque también podía echarte una buena bronca si se enfadaba. Los alumnos le apreciábamos, porque el nos apreciaba a nosotros, pero sus métodos eran totalmente de la antigua escuela. Su forma de enseñar era un rollo, todo muy rígido, todo muy sistemático, y nada (salvo el libro que escogió como víctima de sus clases, que era muy bueno) que pudiese despertar el interés de unos adolescentes como sus alumnos.

Sin embargo, yo ya había decidido que la Lengua Castellana era una de las asignaturas que me gustaban. Incluso me gustaba el análisis sintáctico; no como nos lo hacía hacer él, escribiendo todos los razonamientos, parte por parte, sino como nos lo había enseñado el Sr. Lechuga en el curso anterior: con líneas que bajaban desde cada palabra y que iban uniéndose unas con otras hasta llegar a un mismo punto, donde se ponía OS (oración simple) o OCAdversativa (Oración Coordinada Adversativa), o algo así. Eso se llamaba análisis sintáctico en forma de árbol, y se hacía rápido. Me gustaba ese modo de trocear una frase para comprender la función y el significado de cada palabra. Y eso me ha ayudado muchas veces a pensar de forma ordenada en cuestiones muy diferentes.

Pero iba diciendo que, aunque las clases del Sr. Mata y el modo en que nos hacía trabajar me aburrían profundamente, a pesar de todo la asignatura de Lengua Castellana seguía gustándome. Supongo que eso significa que estaba aprendiendo a separar el contenido de una asignatura del profesor que la enseñaba. Incluso sabía distinguir al mismo profesor de los métodos pedagógicos que usaba, porque yo apreciaba mucho al Sr. Mata. ¿Quién sabe si vive todavía?

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