UN FRACASO COMPRENSIBLE

Después de quedar deslumbrado para siempre con El Señor de los Anillos, me estrellé con el Silmarillion. Me pareció un libro rarísimo, pero es que no estaba preparado para semejante reto. Como El hobbit, El Señor de los Anillos y todos los libros gordos que mi padre consideraba buenísimos, era un reto. Yo creía que el Silmarillion era uno de esos libros, pero no sé por qué lo creía, pues no recuerdo que él me lo dijera; de hecho creo que ni siquiera lo ha leído nunca. Pero el caso es que para mí era un nuevo reto.

Debía llevar leídas treinta páginas, más o menos, cuando me desanimé y lo dejé. Había decenas y decenas de nombres y relaciones de parentesco que se entrecruzaban. Por otro lado, el estilo era totalmente diferente: muy arcaico y muy seco. No dejaba de darme cuenta de la belleza del relato, pero me costaba tanto esfuerzo entenderlo que no era capaz de disfrutarlo. Me quedaba con una sensación de fracaso. Me daba cuenta de que era un libro buenísimo. No solamente porque creía que eso era lo que pensaba mi padre, sino porque advertía la grandeza que tenían esas historias. Pero para mí era una grandeza inconmensurable, que quedaba fuera de mi alcance. Lo intentaría de nuevo más adelante, pero ya contaré cómo fue.

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