El otro día se encontraron dos amigos, seguidores de equipos  de fútbol distintos que el fin de semana anterior se habían enfrentado.

–¡Estarás contento! –saludó, con una sonrisa, el del equipo que había perdido, en un esfuerzo titánico de cortesía (no exagero: vivo en Italia, y aquí el fútbol se vive con más intensidad que en la península de donde procedo).

–¡Claro! –respondió el otro, petulante– Nosotros pusimos el fútbol, el coraje y los goles. En cambio, vuestro entrenador no hacía más que quejarse sin justificación.

Entonces se dirigió a un tercer amigo que había por allí, aficionado del eterno rival del equipo que había perdido:

–¿Lo viste, cómo se quejaba? –y continuó insultando y burlándose del entrenador del equipo derrotado.

A todo esto, al primero que había hablado la sonrisa se le había vuelto de plástico. Debía sentir que su amistad con aquellos dos había disminuido un poco. Sin embargo, enseguida cambió de tema con gran elegancia, y la conversación siguió como si nada.

Lo que acabo de contar es un hecho que sucedió ayer delante de mis narices, y que me hizo pensar. Aquel buen perdedor hizo un esfuerzo y no perdió la compostura. Perdonó a sus amigos que, siendo de otros equipos, estaban contentos. Pero aquellos dos, personas bien normales, incluso valiosas, se convirtieron de pronto en unos boronos frívolos y desagradables, dispuestos a escupir sobre la fama de una persona no presente, y sin darse cuenta siquiera de que estaban ofendiendo a un amigo.

Me imagino lo que pueden pensar algunos: no hay por qué ponerse así; si solamente hablaban de fútbol; seguro que no había nada personal…

Pero no me resigno. Es verdad que el fútbol no es un tema importante en nuestra vida; es solo un juego en el que descargamos un poco de tensión. Pero si uno ha perdido no hace falta restregárselo por la cara. Y luego, lo de criticar a personajes públicos, simplemente porque son del equipo contrario, como mínimo es una frivolidad; y además insultarle y burlarse de él es una cutrez propia de los menos civilizados entre los seres humanos. Cuando todo eso es respuesta a una demostración de cortesía, resulta indignante.

¿Y por qué lanzo esta soflama? Pues porque esta escena la protagonizaron amigos míos: gente culta y a la que aprecio. Y, pensándolo bien, yo mismo he cometido más de una vez estos mismos errores, aunque procuro evitarlos. Y junto a esto veo que la prensa (principalmente la deportiva, pero no solo) aprovecha estos bajos instintos de las personas para vender más, espiando, sacando de contexto las frases de la gente para darles un significado y una relevancia que no tienen, a veces ni siquiera fuera de su contexto. Y lo malo es que siempre hay muchos que pican como tontos.

Eso me indigna. Y me entristece comprobar que en la vida cotidiana, si miramos a nuestro alrededor, tantas veces echaremos en falta el respeto entre unos y otros. Un conductor hace un gesto obsceno a otro. Los dos que se sientan detrás en el autobús se pasan todo el trayecto poniendo verde a un tercero y, cuando se encuentran con él que les espera en su parada, lo saludan con tanta efusividad como hipocresía. Y así constantemente.

Sin embargo, exigimos la corrección absoluta de cualquiera que salga por la tele. No estamos dispuestos a comprender ni a aceptar que nadie cometa siquiera el error más pequeño. Y luego no aceptamos rectificaciones. Y cuando alguien públicamente pide perdón de forma directa, nos negamos a aceptar sus disculpas y le llamamos falso.

Pero, ¿quiénes somos para juzgar? ¿con qué autoridad moral nos indignamos por los insultos con motivo de la raza (en los estadios o en cualquier otra circunstancia) si ni siquiera somos capaces de preocuparnos de no ofender al que se dirige a nosotros con una cortesía que le cuesta esfuerzo? Si no somos capaces de respetar la fama del que no comparte nuestra posición en el ámbito del fútbol –porque cualquiera de nosotros podríamos ser cualquiera de los tres personajes del relato del inicio–, mucho menos respetaremos a los demás en cuestiones mucho más serias: cultura, religión, política… Y de ahí vienen las guerras, porque a veces nos resulta más fácil odiar que perdonar.

Para ser un poco más positivo, dejo un vídeo que me llegó el otro día.

Anuncios

8 comentarios sobre “REFLEXIÓN SOBRE EL RESPETO

  1. Perfecto ejemplo de como “pequeñas” acciones hacen GRANDES cambios, no tiene nada de feo, al contrario esta hermoso y es bastante inspirador…;)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s