Desde cuarto de EGB, yo era socio de un club juvenil llamado Club Foiró. Era una institución educativa para chicos de diez a dieciocho años, donde aprendíamos todo tipo de cosas fuera del colegio. Hay otros clubs de ese tipo en Barcelona, y por toda España. Allí se enseña a los niños y adolescentes a estudiar y a aprovechar el tiempo libre de muchas formas. En Forió aprendí a mecanografiar, cosa que me ha servido muchísimo toda mi vida (todavía veo gente de mi edad, o poco mayor que yo, que escriben solo con los dedos índices, y que cada dos por tres tienen que volver atrás, porque cometen muchos errores y el Word subraya muchas palabras en rojo…); también hacíamos maquetas, clases de kárate, guitarra, excursiones… y teníamos un equipo de fútbol, con el que llegamos a ganar un campeonato escolar en sexto de EGB, y en segundo de BUP quedamos segundos de Barcelona.

El club organizaba campamentos y actividades de verano en el mes de julio, y yo siempre iba. Los campamentos de los primeros años eran más breves, pero conforme íbamos creciendo, dejaban de ser campamentos y se convertían en cursos de inglés de veinte días. En primero de BUP tuvimos una estancia de casi un mes entero con gente de otros clubs (en este caso no fue en julio, sino desde mediados de agosto hasta casi mitad de septiembre) en una casa en los Pirineos.

Allí hicimos todo tipo de cosas: había algunas clases, hacíamos muchísimo deporte y excursiones por el monte, grabamos un cortometraje… Y los que organizaban tuvieron una idea genial. Una vez, en lugar de la actividad que tocaba por la tarde, nos reunimos todos en una sala y empezaron a hablarnos sobre lo bonito que es escribir literatura. No sé cómo lo hicieron, pero a bastantes nos convencieron de que valía la pena. La segunda parte de la sesión consistía en que los que querían, con entera libertad, salían al bosque con una libreta y un bolígrafo, se sentaban entre los árboles, y se ponían a escribir lo que se les ocurriera.

Yo no sé qué escribí. Pero recuerdo que unas cuantas semanas después de volver a casa, en el club me dieron un cuadernillo bien editado, en el que habían recogido, pasados a ordenador, todos los textos que habíamos escrito esa tarde en las montañas. Me puse muy contento, y se lo enseñé a mi padre, que dijo que estaba muy bien. Y entonces quisieron leerlo también mis hermanos. Mi hermano Jorge se los leyó todos, y empezó a criticar. Un defecto en el que insistía especialmente era el hecho de que en todos aparecían los árboles en alguna parte. Intenté en vano explicarle que eso se debía a que habíamos salido al bosque “para inspirarnos”. ¿Qué inspiración vas a encontrar en un bosque, si no la que te dan los árboles?

Pero mi hermano se encasquilló ahí. Desde entonces, durante años, siempre que leía algo que yo había escrito, buscaba donde aparecía un árbol para reprochármelo. La verdad es que me encantan los árboles. Hay  un roble inmenso en el jardín de la casa de mis padres, y yo me he subido decenas de veces a sus ramas. Además, creo que es imposible que alguien que ha leído tanto como yo las obras de Tolkien no se quede un poco contagiado de su amor a los árboles. Porque lo de Tolkien es como un bosque, y si vas al bosque a inspirarte ¿qué otra cosa vas a encontrar, si no árboles?

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