En segundo de BUP no había Lengua Castellana, sino Historia de la Literatura Castellana. Creo que el libro de texto era el más gordo que tuve en los doce años de colegio. En la portada aparecían un montón de retratos de escritores: Cervantes, Quevedo, Vargas Llosa,… Lo heredé de mi hermano, y algunos de esos retratos, tanto dentro como fuera del libro, habían sido completados con un bolígrafo. Eso ocurría con todos los libros que heredé de mi hermano, y yo tenía la costumbre de continuar el trabajo. Por supuesto, hice lo mismo con este libro, dibujando barbas, bigotes, cuernos…

El profesor de Literatura fue el Sr. García. Si el Sr. Mata era mayor y tenía métodos arcaicos, el Sr. García era todo lo contrario: era muy joven y no tenía experiencia. Al principio las clases eran un caos: cuando llegaba tenía que poner fin a una guerra de tizas en la que siempre volaba un borrador temible, y a veces también alguna silla. Después, allí no había quien se callara. También jugábamos a ir moviendo nuestros pupitres hacia delante, centímetro a centímetro, a ver si al final conseguíamos acorralarle. Aquella era una clase en guerra con los profesores, salvo con los que tenían más autoridad, como el Sr. Lechuga, que ahora nos daba Latín; o el Sr. Moreno, de Matemáticas, que nos caía muy bien; o el siempre temido Sr. Martínez, a quien bastaba una mirada para hacerse obedecer en el acto, pero que después conquistó el afecto de todos (al menos, de la mayoría), porque en realidad era como una madre.

Pero el Sr. García era nuevo y, como digo, joven e inexperto. Ciertamente, había otros menos jóvenes y con más experiencia que lo pasaban peor. Uno llegó una vez a clase y se encontró todos los pupitres acumulados al final, formando una pirámide. Y a ese mismo, otro día, uno de los alumnos más rebeldes de la clase le dio un susto tremendo haciendo estallar un petardo de los potentes dentro de un estuche metálico que salió volando por los aires. De modo que el Sr. García podía considerarse afortunado de que no hiciéramos más que hablar en clase y tratar de acorralarle con los pupitres (cosa que nunca llegamos a conseguir). Bueno, a veces también hacíamos la “paella”, que consistía en que uno decía: “gambas”, y toda  una fila de la clase se levantaba y se sentaba; después decía: “mejillones”, y otra fila hacía otro tanto; y así iban apareciendo todos los ingredientes, hasta que decía: “paella” y entonces todos montábamos una escandalera de mil demonios. Nos lo pasábamos bastante bien.

Sin embargo, a medida que pasaban las semanas de curso, el Sr. García fue tomando el control de la clase. Es justo reconocer que no se rindió y que, si no consiguió ganar la guerra, al menos alcanzó una tregua bastante digna. Su sistema era aburrido, como el del Sr. Mata, pero además carecía de eficacia. Ni suscitaba interés, ni conseguía que aprendiéramos nada de verdad. Al principio se limitaba a explicar, y luego había que estudiarse el libro, que para muchachos de quince años era un puro infernal. Luego optó por darnos una lista de preguntas, cuyas respuestas se suponía que teníamos que buscar en el libro. Así al menos consiguió que aprobáramos los exámenes; no porque realmente buscásemos las respuesta, ya que eso lo hacían solo los “empollones”, para que luego los demás nos fotocopiásemos su trabajo. No había competencia, sino un objetivo común.

Pero no puedo cerrar este capítulo dejando tan mal al pobre Sr. García. Es una gran persona. Sigue dando clase en el colegio, algo de lo que no pueden jactarse todos los profesores que tuvieron que enfrentarse a nosotros. Y yo ahora acabo de criticar ferozmente su sistema para enseñar Literatura en segundo de BUP, pero a ver quién es el listo que consigue interesar con esa asignatura a un grupo de treinta animales de quince años, vagos, insolentes, rebeldes y maleducados. No creo que haya muchos profesores que sean capaces de eso. Creo que yo no lo conseguiría o, por lo menos, necesitaría muchos intentos.

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