Aquel mismo año de segundo de BUP comencé dos libros que me costaron muchísimo, pero fue un esfuerzo que valió la pena. El primero fue la Odisea. Era una traducción en prosa, un libro de muchas páginas. Era muy duro, y sin embargo magnífico. Por usar de nuevo un símil con el ciclismo, podría decirse que con esta epopeya tuve una experiencia parecida a la de escalar el Tourmalet en bicicleta: quince kilómetros de pendiente cada vez más pronunciada; un esfuerzo agotador, pero con el que disfruté de lo lindo. Una experiencia inolvidable.

Leí la Odisea en tres tiempos, o sea, no todo seguido, sino con dos interrupciones en medio. Me gustaba mucho, pero necesitaba descansar. Empecé algunas semanas, quizás meses, antes de Navidad. Recuerdo un viaje de tres horas o más en tren, que hice para unirme a un grupo de amigos que estaban esquiando en los Pirineos, y me pasé el trayecto entero leyendo la Odisea. Luego hice un descanso de varios meses, y después proseguí. No sé cuándo lo retomé, ni por cuánto tiempo; creo que fue en verano, porque al empezar primero de Bachillerato el profesor de lengua (ya hablaremos de él) nos ofreció una subida en la nota de evaluación por cada libro que resumiéramos, y yo escogí el último que había leído durante las vacaciones, que me parece recordar que era la Odisea. Aunque estoy seguro de que no lo había terminado, porque ese momento llegó el verano siguiente. De esto estoy seguro, porque en ese verano me contrataron como monitor del “Campus de verano” que se hacía todos los años con los niños de primaria. Allí iban algunos niños todos los días durante el mes de julio, y hacían deporte, juegos, actividades, y también una hora de deberes de verano. Como monitor, yo tenía que vigilar esa hora de deberes, y lo que hacía mientras tanto era leer la Odisea. Me dejé el libro en el aula, que durante el curso era la de una de las líneas de segundo de Primaria. Cuando fui a buscarlo, uno de los primeros días de segundo de Bachillerato, resultó que lo tenía uno de los niños ¡y se lo estaba leyendo! Me supo mal tener que quitárselo, pero el libro no era mío, y tenía que devolverlo.

El otro libro difícil que leí por aquella época, en concreto durante el verano posterior a segundo de BUP, fue mi reto pendiente de Tolkien: el Silmarillion. Me habían contratado para vigilar la portería de un colegio mayor universitario de Barcelona, y me pasaba allí todas las tardes, de lunes a viernes, desde las tres de la tarde hasta las nueve. Al pasar tantas horas en una habitación muy pequeña, de la que casi no podía salir, pocas cosas podía hacer a parte de leer y jugar al ajedrez con un tablero electrónico muy bueno que tenía y que siempre me ganaba, el muy maldito. Así que leí mucho, el Silmarillion enterito en menos de un mes.

Esta vez sabía lo que iba a encontrar en el camino. Superé las primeras páginas, otra vez con un esfuerzo superior al que suelo consentir que me exija cualquier libro, si lo leo para entretenerme. Pero obtuve mi recompensa: una vez más fui admitido en la Tierra Media, donde desde entonces me he sentido siempre bien recibido con independencia del camino por el que me acercara, y contemplé la maravillosa historia de la Primera Edad. Un tiempo lleno de magia; magia hermosa y magia terrible, muy poderosa en los dos casos. Heroísmo, amor, valentía, fidelidad, tragedia, orgullo, maldiciones, el anhelo de inmortalidad, cobardías, humildad, muerte, traiciones, perdón…Todo combinado con la mano maestra y con el trabajo de toda una vida de un subcreador inigualable.

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