Este muchacho a quien derrumbaba la enfermedad durante el trabajo, que sentía hambre cuatro o cinco veces por semana, y cuyos mejores y peores sentimientos eran por igual despellejados en vivo, es el mismo hombre a quien dos generaciones de críticos, bien arrellanados en sus butacas, han lanzado el reproche de que su visión de la vida es demasiado rosada para ser verdadera. A su debido tiempo he de preocuparme del pretendido optimismo de Dickens, y de si era realmente demasiado jocundo o lisonjero. Pero lo que su adolescencia fue puede ser evocado ahora como mero dato. Si fue feliz con exceso, aquí es donde aprendió a serlo. Si su escuela ideológica fue un vulgar optimismo, aquí es donde fue a la escuela. Y si sabía dar brillo y blanquear el universo, en una fábrica de betunes lo aprendió.

 

G. K. Chesterton, “Vida de Dickens”

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