UN CONCURSO DE CUENTOS

En primero de Bachillerato, el profesor de Lengua era el Sr. Jiménez. Un tipo simpático, ya con experiencia, aunque no era demasiado mayor. Sus clases no eran el colmo del entretenimiento, pero los alumnos estábamos dejando de ser los animales de quince años y algo pudimos aprovechar. Con autoridad, y con cierto empeño, consiguió que algunos se interesaran por la literatura. Además de subirnos la nota si leíamos (no sé si eso era efectivo, porque yo ya leía, y no tuve que hacer nada especial para conseguir ese complemento), también nos animaba a recitar poesías en público: nos ponía una cinta o un CD (no estoy seguro, porque ya casi nadie funcionaba con casettes, pero es posible que para eso todavía los usara) y oíamos un poema recitado por un profesional que le ponía mucho sentimiento. Por fuera nos burlábamos, pero por dentro reconozco que a veces lograba conmoverme.

Otra cosa que nos propuso fue que participáramos en un concurso de relatos. Eso para mí fue muy importante, porque entonces escribí con ganas mi primera historia. No cuento la de quinto de primaria, porque esa la escribí por obligación, y la libertad es una condición fundamental de la literatura. Así que ese cuento fue el primero, y con él nació mi afición a escribir: una pasión que a veces no se deja controlar.

Era un cuento bastante breve, sobre un hobbit llamado Lupo, que salía en busca de aventuras. No recuerdo bien el argumento, pero sí ciertos elementos que me parecen aprovechables. De hecho, más tarde, algo recuperé de allí para otras historias. Ese cuento fue el inicio de mi trayectoria literaria. Me lo pasé tan bien escribiéndolo que, sin que nadie me lo pidiera, sino por pura afición, enseguida compuse otros dos, también ambientados en la Tierra Media. Quedé tan satisfecho con los tres que los edité para imprimirlos en cuartillas, poniéndoles unas ilustraciones de escenas El Señor de los Anillos en las que me había inspirado, y los llevé a una imprenta a que los encuadernaran con unas tapas de plástico y una espiral.

Quedó un cuadernillo muy bonito. Tan emocionado estaba que pensé en venderlos en el colegio el día de San Jorge. Porque había una librería que cada año mandaba un montón de libros al colegio para que los niños pudieran comprarlos allí ese día. Estaba seguro de que el colegio me dejaría vender los míos. Pero, por consejo de mi padre, hice números, cosa a la que tengo muy poca inclinación. Sabio consejo, porque entonces descubrí que el margen de beneficio era mínimo: era carísimo imprimir muchos ejemplares, y para que la cosa fuera rentable habría tenido que vender tal cantidad de libros que cada niño habría tenido que llevarse tres o cuatro; o sea que mi proyecto era una ruina.

En verano lo envíe a una editorial. Un buen amigo de mi familia me había conseguido un contacto en una bastante famosa, así que cogí un tren y me fui a Barcelona con mi cuadernillo para hablar con la Sra. Guadalupe. Fue muy amable conmigo, me dijo que lo tenía muy bien editado, y se lo quedó para echarle un vistazo. Después se tomó la molestia de llamarme, y se excusó diciendo que había problemas de derechos de autor, porque estaba ambientado en la Tierra Media. Ahora ese argumento no me convence demasiado, pero también es cierto que no creo que esos cuentos merezcan la inversión que su publicación supondría para la editorial.

De todos modos, me daba cuenta de que todavía me quedaba mucho tiempo por delante, con lo que no me desanimé. Solo me quedé un pelín decepcionado.

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