Cuando estaba llegando al final de primero de Bachillerato mi pasión por la obra de Tolkien había crecido mucho. Ya había leído varias veces El hobbit y El Señor de los Anillos, y también alguna biografía del autor. Y en ese momento cobró fuerza mi admiración por la poesía. Entonces se me ocurrió una broma de mal gusto. Una noche había venido mi abuelo a cenar. No sé cuánto tiempo había pasado desde que le había enseñado mi intento de soneto, del que he hablado antes, pero ese fue uno de los motivos que me animó a poner en práctica una idea para impresionarle un poco.

Subí a mi habitación, abrí El Señor de los Anillos, y busqué una de las canciones que van apareciendo. Por fin encontré una, El camino sigue y sigue, que no tenía nombres élficos y que no era cómica, como el resto de las que cantaban los hobbits. Como era una traducción, se habían perdido la rima y el ritmo del original, pero el contenido me parecía muy bonito. La copié entera en una cara de folio, y luego bajé y se la di a mi padre, delante de toda la familia.

–Mira lo que he escrito –le dije.

La leyó, y se puso muy serio.

–¿La has hecho tú solo?

–Sí… bueno, me ha costado varias semanas. Tenía que pensar cada palabra, buscar en el diccionario, ir tachando cosas y poniendo otras…

Traté de justificar de algún modo mi capacidad para una obra como esa. Como yo no mentía nunca, mi padre me creyó. Es verdad: he mentido muy pocas veces en mi vida, y en cada una de esas pocas ocasiones he terminado arrepintiéndome. El caso es que mi padre me creyó y se quedó impresionado, y le pasó la poesía a mi abuelo: la prueba de fuego. La leyó lentamente, se hizo el silencio a su alrededor hasta que emitió su veredicto.

–No está mal –dijo, bastante secamente.

Entonces, mi madre también quiso leerla, y luego algunos de mis hermanos.

–¿Ves? Árboles –dijo Jorge–. Siempre hablas de árboles.

Pero la cosa estaba empezando a ponerse incómoda. Yo solo había querido gastar una pequeña broma, y ahora me pareció que todos pensaban que yo era un niño prodigio, un superdotado, o algo así. Entonces decidí cortar por lo sano.

–Era broma, lo he copiado de El Señor de los Anillos –confesé.

Se armó un pequeño escándalo. Alguno soltó alguna risa. Pero a mi padre no le hizo ninguna gracia. No dijo ni una sola palabra. Por suerte, la reacción del abuelo acaparó la atención de todos.

–¿De verdad? –dijo– Pues ya puedo decir lo que pienso en verdad: es una bazofia. No tiene ritmo, ni rima, ni se entiende nada. ¡Ni siquiera puede llamarse poesía!

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2 comentarios sobre “UN PLAGIO

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