Hace poco más de un mes que se cumplió el segundo siglo desde el nacimiento de uno de los más grandes escritores de la época moderna: Charles Dickens. En un momento así, ¿qué mejor que leer el libro que escribió sobre él otro grandísimo autor como Gilbert Keith Chesterton? Recomiendo ese libro muy vivamente a todos los que les interese reflexionar sobre la literatura. En especial a quienes disfrutan con los libros que buscan hacer la vida agradable al lector. Dickens tenía esa cualidad en un grado altísimo.

Y Chesterton señala la exageración como uno de sus principales recursos. De hecho, muchas veces he leído o oído decir que más que personajes, en las novelas de Dickens aparecen caricaturas. Precisamente, cuando se dibuja una caricatura lo que se hace es exagerar en el retrato un rasgo físico de la persona representada, buscando hacer reír al que lo vea. Cuando se trataba de exagerar rasgos personales, ya sea físicos o de carácter, Dickens era un maestro. Retrataba gestos característicos, reacciones habituales, detalles de la fisionomía o del carácter de sus personajes a base de amplificaciones o repeticiones.

Y hacía lo mismo tanto con la maldad como con la bondad. En los malos destacaban ciertos vicios; en los buenos, ciertas virtudes. Bastaba con eso para identificar al pérfido enemigo del protagonista digno de todo nuestro aprecio. Y hasta en esa presentación de lo único que realmente importa en la vida de alguien (si es bueno o malo), a menudo Dickens consiguió ser divertido. Y aun cuando le quedan graciosos, sus malvados son odiosos y sus héroes admirables. Ningún escritor del mismo siglo que Dickens –que yo sepa– consiguió algo parecido. En el siguiente, solo se me ocurre Tolkien. En cambio, de épocas anteriores me vienen a la mente algunos nombres: Shakespeare, Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca. A tan alto nivel, quizás solo Cervantes y Tolkien…

Sea como sea, este arte le valió a Dickens el menosprecio feroz de ciertos críticos que lo pusieron de vuelta y media por describir un mundo que no se correspondía con la realidad. Ante tal objeción, Dickens podría haber respondido lo que se cuenta que dijo Hegel cuando le dijeron eso mismo sobre sus tesis filosóficas: pues peor para la realidad. Lo que pasa es que en el aso de Dickens habría sido una respuesta válida, pues la literatura no es filosofía, y ¿quién dice que un escritor de ficción está obligado a describir la realidad o, lo que sería lo mismo, que si no lo hace sus relatos son peores que si se atiene a esa regla? Basta ver el número de lectores que alcanzó Dickens para comprobar que no es así. Como dice Chesterton, los defectos especiales en mérito a los que es condenado Dickens (y en justicia) por sus críticos son precisamente aquellos que nunca han sido óbice para la inmortalidad de nadie.

En efecto, muchas críticas se centraban en el hecho de que muchos de las acciones y personajes que hay quien sugiere, con extraña incongruencia, que la obra de Dickens ha sufrido o sufrirá con el cambio de las costumbres. No puede haber afirmación más ilógica. No son los creadores de lo imposible los que padecerán por la marcha del tiempo. Poco después, concluye Chesterton que los escritores a quienes puede herir el tiempo son esos escrupulosos realistas, observadores minuciosos de cada detalle de este mundo que pasa.

Las frases que cito fueron escritas hace más o menos un siglo, pocas décadas después de la muerte de Dickens. El tiempo ha dado la razón a Chesterton.

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