Es conocido cómo Tolkien empezó El hobbit. Estaba corrigiendo exámenes, y encontró una hoja en blanco –terror de algunos escritores, paraíso para otros–, y entonces escribió lo primero que le vino a la mente: En un agujero en el suelo, vivía un hobbit. Luego vino el resto de la historia. En aquel momento, la frase no tenía ningún sentido para el profesor de anglosajón que la había escrito, pero él era el autor, y solo a él correspondía descubrir qué significaba. En mi opinión, significaba el inicio de una contribución incomparable a la mejora de la literatura universal. Era la puerta de entrada que a muchos nos ha permitido entrar en la Tierra Media, una de las creaciones literarias más hermosas de la historia.

¿Qué sospechaba Tolkien, de todo esto? Al principio, absolutamente nada. Luego se le ocurrió hablar de los elfos, de Gondolin y, a fin de cuentas, enmarcar esa historieta que contaba a sus hijos en el contexto del cuerpo de leyendas en el que ya trabajaba desde hacía años.

Hace poco, en una tertulia, hablé de un libro que he terminado recientemente. Me preguntaron cómo había empezado a escribirlo y lo conté: hace casi cinco años, en verano, tenía un tiempo muerto y me hice con una libreta y un bolígrafo, y comencé a dibujar un mapa. Entonces, uno de los presentes, con cierta teatralidad, exclamó:

–¡Menudo friki!

Voy a omitir todas las respuestas que se me ocurren, porque no quiero humillar a nadie, ni siquiera sin decir el nombre. Solo quiero resaltar que al dibujar mi mapa hacía algo que se parece bastante a lo que hizo Tolkien cuando comenzó El hobbit. Él inventó una frase, que era como una semilla que tuvo que hacer germinar y crecer hasta convertirse en una historia apasionante y conquistar a millones de lectores, incluso varias décadas después de la muerte de su autor. Yo imaginé un espacio, y luego tuve que imaginar a la gente que poblaba ese mundo y qué les había ocurrido. ¿Quién sabe si esa historia llegará a publicarse y a ser leída por miles de personas?

Si no conociera bien al que dijo eso en esa tertulia, habría recibido su exclamación como un insulto. De hecho, esa palabra se usa para insultar, a no ser que el contexto desmienta esa intención, como es el caso. Sin embargo, el episodio manifiesta una dificultad que padecemos todos, a la hora de darnos cuenta de que la mente de los demás no tiene por qué funcionar como la nuestra. Una persona que no está acostumbrada a ejercitar las capacidades creativas de la mente, es fácil que no comprenda por qué alguien dedica un tiempo a dibujar el mapa de un mundo que no existe.

El modo de pensar de cada uno (no me refiero a las conclusiones a las que llega, sino a los caminos que sigue para alcanzarlas) depende de lo que ha estudiado, de las experiencias que ha vivido, de los ambientes en los que ha crecido, de los libros que ha leído, de las películas que ha visto, de su estado de ánimo actual, de la edad que tiene…

Es muy fácil que nos olvidemos de todo esto cuando estamos hablando entre amigos, nos acabamos de tomar una o dos cervezas, y hablamos sin pensar. Sin embargo, sería conveniente que lo tuviéramos en cuenta cuando escribimos. Hay algunos periodistas y escritores de opinión que parece que todo lo miran por un canuto (y no digo nada de los comentadores que aparecen por la red, anónimos o con nombres totalmente desconocidos). Da la impresión de que suponen que todos parten de los esquemas mentales que tienen ellos, y cuando alguien dice algo que no cuadra con esos esquemas, entonces lo fuerzan para meterlo allí dentro. En el fondo, no aceptan que haya cosas que no entienden, y eso impide que escuchen, que lean con atención y que hagan un esfuerzo para comprender mejor, no solamente qué piensan los demás, sino cómo lo piensan.

Si todos pusiéramos en esto un poquito más de empeño, entonces nos costaría menos entendernos, y no atribuiríamos lo que hacen los demás al odio, a la ignorancia, a la estupidez, al egoísmo. Ojalá pudieran aprenderlo los nacionalistas de uno y otro lado; ojalá lo tuvieran en cuenta los periodistas de los distintos medios de comunicación, también cuando hablan de algo tan intrascendente como el fútbol –que es de las cosas que más pasiones levanta, por muy poco importante que lo podamos considerar–; ojalá que seamos capaces todos, en los afanes de nuestro día a día –al conducir, por ejemplo–, de no considerar estúpidos a todos los demás mientras no nos hayan demostrado lo contrario. Si lo consiguiéramos, viviríamos todos mucho más a gusto.

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