–¿Cómo es posible que vuelvas a empezarte un libro que te has leído ya más de diez veces? –me preguntaba un amigo, sorprendido y extrañado, cuando le dije que estaba leyendo El Señor de los Anillos.

La respuesta es sencilla, aunque es que a todos les resulte fácil comprenderla a la primera: porque me gusta. No porque me gustó mucho la primera vez, sino porque en todas las ocasiones que lo he leído, cada una de sus páginas me ha hecho disfrutar como ningún otro libro.

Pero ahora me doy cuenta de que ésa no es la respuesta, sino la pregunta. ¿Cómo es posible que me guste tanto, si ya sé lo que va a pasar? Pues porque lo que me interesa es que pase eso, otra vez y otra. Porque mientras leo el libro, de algún modo formo parte de la historia que me están contando. Eso no ocurre con todos los libros: por poner un ejemplo, que quizás generaría algo de polémica si yo tuviera la desgracia de ser un poco famoso, es algo que no ocurre con la serie de Harry Potter.

Como tantos otros libros, los de J. K. Rowling consiguen entretenerme, pero no cautivarme. No siento por el aprendiz de mago con gafas nada parecido a lo que me inspira el hobbit de pies peludos, que para salvar su país y a su gente se ve obligado a renunciar a ellos. Dumbledor no me parece más que una burda imitación de Gandalf, incluso en el aspecto externo, y digo burda porque su sabiduría es más pretendida que real, mientras que la del anciano que recorría la Tierra Media combatiendo al Señor Oscuro y aconsejado a los reyes y gobernantes de los pueblos libres está llena de consejos y sentencias profundas, que ayudan tanto a los oyentes ficticios como a los lectores reales.

Y podríamos poner muchos otros ejemplos. Y se nos acabarían los personajes de Harry Potter, pero nos quedarían muchos de El Señor de los Anillos a los que merecería la pena dedicar un poco de reflexión. Por supuesto que, donde he dicho Harry Potter, podría haber dicho La canción de Shannara, de Terry Brooks; o Eragon, de Christopher Paolini, o tantos otros ejemplos. También, donde digo El Señor de los Anillos podía haber incluido La isla del Tesoro, de R. L. Stevenson; Oliver Twist, de Charles Dickens, o tantos otros ejemplos, porque El Señor de los Anillos no es el único libro que he leído varias veces.

Pero seguimos sin dar con la respuesta a la pregunta: ¿qué tienen los libros que merece la pena releer que no tengan los que, como máximo, solo entretienen? Pues supongo que cada uno atesora sus propias riquezas. Porque son muy variados los alimentos con los que goza la mente, que es como un hambriento insaciable. Algunos libros transmiten conocimientos, sentimientos, emociones, preguntas, reflexiones, quejas, lamentos, alabanzas, críticas; o a la vez varios de los fenómenos que se producen en nuestra mente cuando ésta funciona; o todas juntas. Y los mejores libros son capaces de hacer que sea la mente del lector la que por sí misma dé vida a nuevas ideas, nuevas reflexiones, y hasta nuevas historias.

Por ejemplo, El Quijote acabó cambiando la forma de escribirse las novelas. Mató el interés de gran parte de la sociedad por un tipo de literatura, y casi sin proponérselo. Otros libros no tienen efectos tan visibles, pero son capaces de transformar enteramente una vida concreta. Porque los grandes libros, dejan su huella en el lector. Y estoy convencido de que si pudiera hacerse una lista de todos los libros que tienen ese poder, debería incluirse entre ellos El Señor de los Anillos como uno de los más potentes; porque no solo estoy convencido de que cada vez que lo he leído, he crecido por dentro de algún modo. También estoy convencido de que no soy el único que tiene esa sensación.

¿Y qué es lo que tiene? De todo. En cada lectura he encontrado nuevas riquezas de las que aprovecharme. Riquezas que tienen que ver con la técnica literaria, y otras más referentes a la filosofía, al modo de afrontar los problemas de la vida, al modo de razonar, al modo de relacionarse con las personas que nos rodean… Página por página, El Señor de los Anillos es un tesoro inagotable.

¿Y qué ha hecho ese libro en “el mundo en general”? Creo que todavía es pronto para decirlo, pero me parece que no sería descabellado decir que lo está cambiando. Quizás de un modo invisible, y quizás los efectos de ese texto nunca se atribuyan a su verdadera causa. Posiblemente, nunca se sepa a ciencia cierta qué nos ha hecho Tolkien con su libro. Pero, ¿qué nos hicieron Homero, Virgilio, Shakespeare, Cervantes, Dickens…? ¿Nada? Algo harían, si continuamos leyéndolos y estudiándolos después de tanto tiempo.

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