Desde que estudiaba Derecho en la universidad siento un gran respeto por el órgano que tiene la misión de vigilar que quienes mandan en España cumplan y respeten lo dispuesto en la Constitución… A pesar de los pesares. A pesar de sentencias como las de RUMASA; a pesar de tantos errores, y a veces injusticias manifiestas e infames. Es en sí mismo un buen instrumento –mejorable, y mucho en algunos aspectos, pero no está mal en conjunto– aunque a veces se use mal. Es bien sabido que con buenos instrumentos se pueden cometer grandes males, pero la culpa no es de los instrumentos.
Recientemente, el Tribunal Constitucional ha dictado sentencia –por fin– sobre el recurso presentado por el Partido Popular contra la ley llamada “del matrimonio homosexual”, y lamento ver como tantos que tienen sobre esa ley una opinión parecida a la mía se han lanzado dialécticamente a la yugular de los magistrados, diciendo que se han creído que son no se sabe qué.
Pienso que el TC se ha equivocado, y es probable que gravemente. Pero no hay que dar a su sentencia más valor del que tiene, que es simplemente el de reconocer constitucionalidad a una ley injusta –pienso que también es inconstitucional, pero no me parece tan evidente–. Lo bueno es que una ley puede dejar de existir; puede cambiarse. Y si eso ocurre, ¿a quién le importa la constitucionalidad de una ley que ya no existe? Ya no tiene ningún valor la sentencia que la ratificaba.
Quizás sea útil recordar que no es el TC quien ha equiparado el matrimonio verdadero a la unión entre dos personas del mismo sexo; no es el TC quien ha decidido cómo debe llamarse a cada cosa, independientemente de lo que cada cosa sea. Eso lo hizo el PSOE  hace siete años. Fueron Zapatero y los suyos quienes llevaron esa ley al Congreso de los Diputados. Y fue el Congreso quien la aceptó y la cambió.
Por eso repito lo de antes: una ley  puede cambiarse. Además, si ante un error del Tribunal Constitucional nuestra reacción consiste en echar pestes, así no cambiaremos nada. Y sería una pena, porque en este caso un cambio es posible. Pues cuando el Congreso aceptó la propuesta del PSOE y modificó el Código Civil, lo hizo con el voto en contra de un partido que, mire usted por dónde, siete años después tiene la mayoría absoluta.
Alguien podría objetar que con el actual Ministro de Justicia es difícil que el PP proponga un cambio de ley. A ese alguien, después de agradecerle que haya leído hasta aquí, se le podría responder que tiene razón. Pero, ¿por qué tiene que hacerlo todo el gobierno? Recordemos que, cuando todavía estaba el gobierno anterior, llegó al congreso una iniciativa legislativa popular con más de medio millón de firmas que pedían el cambio que tanto nos gustaría. Pero la ILP fue rechazada porque solo consiguió el apoyo de un partido. Y resulta que, vuelva a mirar usted por dónde, ese partido es el mismo que tiene ahora la mayoría absoluta.
Por consiguiente, no me parece descabellado pensar que una nueva ILP, planteada en los mismos o parecidos términos que la antigua, pudiera ser ahora aceptada por el Congreso de los Diputados. Además, sería bastante triste que ciertas organizaciones, que se movieron y protestaron de lo lindo cuando iban mal dadas, se quedasen paradas y no hicieran nada más que lamentarse cuando descubren que ya deberían ir mejor dadas pero en realidad no es así.
Por otro lado, no sería justo quejarse de que el PP habla mucho para captar “nuestro voto” pero luego no hace nada, y en cambio cuando el PP gobierna nos quedamos dormidos y no le pedimos nada. Como todo gobierno, el actual no hará nada si no percibe de algún modo una cierta demanda social de que lo haga. Es ahora cuando hay que moverse y pedir, porque es de cortos pedirle a Zapatero lo que te acaba de quitar y luego no pedírselo al que puede ser que te lo devuelva.
Téngase en cuenta que he procurado usar el condicional cuando me refería a la inactividad de asociaciones y organizaciones dedicadas a la defensa de la familia. Se debe a que espero y deseo que en realidad estén muy activas y que estén preparándose para una movilización todavía mayor a la que impulsaron, por decirlo drásticamente, en los malos tiempos. No es seguro que se consiga nada, pero puede ser. Antes no podía ser.

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