Me esperaba una historia de tono buenista, impregnado de un ecologismo ingenuo y ridículo. Pero, antes de saber de qué se trataba, el título me sonaba como el de una novela que algún día iba a tener que leer. Algo así como con Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. Esta última la leí este verano, en un segundo intento. En el primero, hace años, cerré el libro por aburrimiento después de unas pocas páginas… Cosas de la vida: hay novelas que, depende de cómo te pillen no las tragas y, en cambio, en otro momento, te fascinan.
Eso me ocurrió con Fahrenheit 451, pero ya le dediqué otra entrada. Ahora quería centrarme en otra historia que me ha impresionado profundamente. A pesar del prejuicio que he confesado al principio, leí ‘Vida de Pi’, de Yann Martel, porque antes de que me hubiera formado esa idea equivocada, me lo habían recomendado varias veces. Afortunadamente, a veces hago más caso de los consejos que de los prejuicios. Por desgracia, a veces no. En este caso, pensaba que, a pesar de lo que creía que me iba a encontrar, el libro debía valer la pena, porque gustaba a casi todos.
Me llevé una sorpresa: la narración es impecable y mantiene el interés en cada página. Y además, la relación que se establece entre el hombre y el animal es la única que me parece posible: el dominio del primero sobre el segundo. Nada de amistades imposibles. Ecologismo sí había, pero razonable y realista. Pero lo mejor es el final.
(antes de seguir leyendo, recomiendo al lector que, si no lo ha hecho, lea el libro o vea la película)
Cuando Pi llega a México y no creen su historia, cuenta otra más fácil de creer, pero es una horrible y cargada de desesperación. Y luego te deja con la duda: ¿cuál es la versión real? La clave está en la enigmática respuesta de Pi: “Así hace Dios”, o algo parecido (he prestado el libro y ahora no puedo consultarlo para poner las palabras exactas).
Después de reflexionar un poco, al cabo de pocos días llegué a la conclusión de que la pregunta tiene sentido para el personaje al que Pi cuenta su historia, pero no para el lector. La pregunta correcta sería: pero este tío –el autor–, ¿qué pretende decirme con este libro? Y entonces hay que recordar el principio, cuando el escritor que acaba de echar a perder la novela que estaba escribiendo, se encuentra en un bar con un viejo que le dice: “te contaré una historia que te hará creer en Dios”.
Efectivamente, cuando las cosas se ponen difíciles, cuando sufrimos, es cuando más sentimos la necesidad de Dios. Y hay dos maneras de considerar este valle de lágrimas que es la vida humana. Podemos considerar que todo tiene un sentido, que nosotros no comprendemos, pero que Dios sabe más. La otra posibilidad es caer en el pesimismo, y pensar que somos seres condenados. Las dos opciones pueden estar de acuerdo con la razón humana, pero la diferencia está en que en el primer caso reconocemos nuestros límites y los aceptamos, mientras en el segundo patalearíamos inútilmente y caeríamos en la desesperación.
Yann Martel, en “Vida de Pi”, nos dice que tiene sentido creer en Dios, y que vale la pena, porque es Verdad. Una Verdad que nos supera, pero que también nos hace libres.

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