“Ando despacio, escucho las voces–los gritos–de los profesores dentro de las aulas. Las hay doctorales y las hay suplicantes. Cada uno utiliza su lengua. Los catalanohablantes dan la clase en catalán y los castellanohablantes, en castellano. Los alumnos, igual. Muchas veces, cuando el profesor es catalanohablante, se alternan las dos lenguas. Normalidad absoluta”.

La cita es de Toni Cantó, en su interesante “Crónica de un profesor en secundaria”, que se refiere al curso 1999-2000 en un instituto público de un pueblo de la costa a donde no llegan los trenes. ¿Qué describe? Una sociedad bilingüe; unos profesores que no tienen tiempo de preguntarse si conviene imponer la inmersión lingüística (o sea, hacer del catalán la única lengua vehicular de la enseñanza). Bastante tienen con intentar comunicarse con un grupo de treinta adolescentes sin especial interés ni ganas por aprender lo que el plan de estudios dice que hay que enseñarles. Que no me vengan ahora con que la inmersión lleva treinta años aplicándose en Catalunya sin problemas. No ha habido problemas porque la inmersión está en las normas, pero no en la vida real. No se aplica, porque es una utopía. Y cuando se aplica, surgen quejas. Cuando se toma la realidad tal como es, se acaba aprendiendo tanto catalán como castellano: pero no en la escuela, sino en la vida misma, con normalidad absoluta.

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