Hoy he estado de tertulia con un grupo de unos sesenta chicos de entre trece y dieciséis años. Les he hablado de mi pasión por la literatura. He aprovechado la ocasión de presentar brevemente mi nueva novela, Heredero, y he podido comprobar que si ahora los adolescentes leen menos que hace unos años, es porque no sabemos mostrarles lo bien que uno se lo puede pasar con una buena novela. De hecho, con sólo contar un poco de cómo creció mi afición a los libros, me he dado cuenta de que a muchos de estos chicos les entraban ganas de leer. Al fin y al cabo, a todos nos gustan las historias. En todas las culturas, de una forma o de otra, se cuentan historias. No puedo demostrarlo, pero diría que el ser humano inventó el lenguaje porque quería -necesitaba- contar y escuchar historias. Y eso es lo que nos da la lectura: la posibilidad de conocer nuevas historias. No creo que exista alguien a quien no le guste eso. Hoy lo he visto en los ojos de algunos de los que suelen mirar como si fuera un marciano a quien les sugiere la posibilidad de leer un libro, aunque sea corto.

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